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Full text of "Jose Maria Fernandez Saldana 1967 Historias Del Viejo Montevideo. Vol 2"

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HISTORIAS 
DEL VIEJO 



MONTEVIDEO 


JOSE MARIA 

FERNANDEZ 

SALDAÑA 


BOLolLIBRüS AUCA 

f J». pwu 




MISERICORDIA CAMPANA Y SAYAGO, 
FAMOSOS MORENOS 


Incorporado, Misericordia Campada, como un per- 
sonaje exclusivamente nuestro, al mundo quimérico del 
teatro donde subsiste, como Arlequín o Polichinela; in- 
corporado el otro al refranero popular — ‘ *más conocido 
que el Negro Sayago”— ambos son inmortales. 

El primero, desde luego, rebasó con su fama los 
lindes capitalinos; el segundo fue. por excelencia, mon- 
tevideano. 

Un subsidiario de Sayago hubo en cada población 
de alguna importancia, en funciones del oficio y de ti- 
po popular. 

Misericordia Campana, en vez, fue único, si a per- 
juicio de que en efigie, descoyuntado y fané muñeco 
de trapo, lo conocimos en toda la República. 

Negro el muñeco tal como el personaje de carne y 
hueso, de galera alta y siempre con un palo en la mano, 
el negro Misericordia tenía asignado en las funciones de 
títeres, el papel de hacer un desparramo final, distribu- 
yendo golpes a granel, especie de guardia civil, vigilan- 
te o milico, encargado del orden. 

Cuando el alboroto y la algarabía tomaban carácter 
alarmante entre las figuras del teatrito, los mismos mu- 
chachos presintiendo lo que infaliblemente debía suceder, 
nos encargábamos de prevenirles a gritos: ¡Va a venir 
Misericordia!. . . ¡Ahí viene Misericordia! 


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Y en seguida, o demorando un poco, nada más, apa- 
recía el negro dispuesto a poner las cosas en su sitio. Su 
triunfo era completo aunque con algunas quiebras espec- 
taculares de las cuales uno, cuando menos, no se olvida- 
ba nunca. 

Así, por ejemplo, el negro tenía que ligarse algún pa- 
lo él también, y cuando le acertaban en la cabeza, se 
le desprendía un montón de motas —colocado ad hoc- 
demostrándonos así que el asunto no era de broma. 

Ahora bien, si se considera que Misericordia Cam- 
pana, cuyo verdadero nombre fue Ambrosio Camarinhas, 
y su oficio el de campanero, se piensa cómo pudo ha- 
ber entrado a la inmortalidad entre los títeres, no sien- 
do porque en funciones anexas le correspondiera ahu- 
yentar muchachos o perros, que no hacían falta, en la 
puerta de la iglesia. 

Daniel Muñoz, su primer y único biógrafo —y has- 
ta por ahí— que pudo haber obtenido del propio more- 
no confidencias esclarecedoras al respecto, escribe, mien- 
tras teje párrafos regocijados alrededor del campanero, 
que la entrada de Misericordia en el mundo de las ma- 
rionetas no era asunto para ser tratado así de paso, pro- 
metiéndose escribir acerca del particular el artículo apar- 
te que el asunto requería, "si otra pluma mejor cortada 
que la suya no se anticipaba”. 

"De la noche a la mañana —expresa— se hizo héroe 
obligado de todas las funciones titiritescas”, añadiendo 
luego "cosa que lo sobreexitó” lo que me resulta poco 
claro. 

El anticipado cronista que Sansón Carrasco presin- 
tió, está por conocerse todavía, y las referencias ae éste 
acerca de la vida del moreno campanero son contradic- 
torias, tal como dice que le fueron dadas por Camart- 
nhas. 

Lo más probable es que se tratara de un negro es- 
clavo pemambucano —pues era nativo de allí— que arri- 


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bó a nuestras costas fugitivo en algún buque. Entre no- 
sotros lo amparó el bueno de fray José Benito Lamas pa- 
ra destinarlo más tarde como individuo de servicio v lue- 
go campanero de la iglesia Matriz. 

De la Matriz, llevado por el párroco Martín Pérez, 
vióse transferido a la iglesia de San Francisco, donde 
prosiguió en sus tareas de especialidad “40 años largos 
de talle”, conforme dice Muñoz, hasta ser “el hombre que 
había hecho más ruido en Montevideo”, 

Murió el 18 de julio de 1883, victimado por un ata- 
que, en un cuartito que monseñor Pérez le había reser- 
vado en una casa vieja de la calle Sarandí, inmediata a 
los Ejercicios, y entonces Misericordia revistaba como 
portero auxiliar de San Francisco. 

Era viudo, y dos hijos habidos del matrimonio, los 
perdió siendo chicos. 

Uno de ellos, campana en mano como su padre, lo 
acompaña en la rara fotografía de Jouant Hermanos, sa- 
cada alrededor de 1867, que guardo en mi colección. 

La placa fotográfica, por razones científicas, no acu- 
sa el anómalo detalle que no escapó a Sansón Carrasco, 
y que un estimado amigo mío, Ricardo Grille, me con- 
firma. 

Misericordia Campana en sus años finales tenía en 
las motas una entonación verde. 

Interrogado por el festivo periodista acerca del ex- 
traño caso, Camarinhas le contestó: “es de tanto tomar 
mate”. 

Y si no es un chiste inventado por Daniel Muñoz, 
hay que convenir que el negro le contestó con el me- 
tro. 

Antonio Sayago, sargento 1? de artillería del ejér- 
cito, por tantos años el más popular repartidor de avi- 
sos y pergonero cuyo clarín resonando en las esquinas 
del viejo Montevideo resultaba estentóreo como una si* 
rena de nuestros días, no había tenido cronista de su vi- 
da hasta ahora. 


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Por eso sorprenderá tal vez, cuando se sepa, que es- 
te moreno casi legendario ya, con su garibaldina colora- 
da y su cometa, vivió hasta el 10 de noviembre de 1905. 

Retirado por motivos de edad y de salud, sus activi- 
dades cesadas, Sayago, hablando con propiedad, se ha- 
bía sobrevivido a sí mismo muchos años. 

Por lo pronto yo, que vine del Salto en 1899, no con- 
servo recuerdo de haberlo conocido ni en sus funciones 
específicas ni al cruzarlo por la calle. 

La muerte, estando a cálculos razonables —pues to- 
davía falta el comprobante oficial—, hubo de tomarlo oc- 
togenario largo. 

Conforme a las constancias de la sección archivo del 
Estado Mayor, que he compulsado con la valiosa d ; rec- 
ción de su propio jefe, Antonio Sayago empezó los ser- 
vicios militares en 1842, es decir antes de establecerse e! 
sitio de Montevideo por el titulado presidente Gral. Ma- 
nuel Oribe. De aquí se infiere que debía ser uno de los 
negros esclavos que la Asamblea General manumitió v 
los cuales pasaron como hombres libres a las filas del 
ejército que se aprestaba para repeler la invasión de! 
Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Ar- 
gentina. 

Su amo fue posiblemente Santiago Sayago, persona 
principal y muy rica de la época. 

Herido en el encuentro de Corral de Piedras, a in- 
mediaciones del Cerro en 1843, siendo trompa de la se- 
gunda compañía del Escuadrón de Lanceros Orientales, 
entró después a servir en distintas unidades, ascendido 
a cabo de cometas en el año 47. 

Baja por desertar en 1850, retoma el servicio sólo 
en 1872 y dos años más tarde se le halla en el regimiento 
de Artillería Ligera. El 8 de octubre de 1884 obtuvo cé- 
dula de sargento 2° y en 1893 entra a figurar como sar- 
gento l 9 de inválidos. 

Era, entonces, auténtico veterano de nuestras con- 



tiendas; aunque fuesen ilusorios —imaginaciones d: vie- 
jo— los alegatos que solía hacer de su presencia en la 
batalla de San Antonio al mando de Garibaldi o de que 
hubiera sido clarín de órdenes del general Paz. 

Con estos someros apuntes Savago tendrá al par de 
Misericordia un principio de noticia biográfica cierta, 
certificativa, cuando hayan pasado los años, de que las 
jinetas que lucía sobre su blusa colorada —que algunos 
creían de adorno— se las había ganado en buena ley. 


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LAS ANTIGUAS PLAZAS DE FRUTOS 


Es un poco difícil en nuestros días, seguramente, 
abarcar bien todo lo que en la vida pasada de las pobla- 
ciones uruguayas representó la Plaza de Frutos o Plaza 
de Carretas. 

Cada una, en esfera proporcionada a su radio y a la 
importancia comercial de la localidad, constituía el cen- 
tro, el emporio y el depósito de la riqueza nacional des- 
bordada por la culata de las carretas grandes como casas, 
abundantes de dones inacabables como el cuerno mara- 
villoso de la cabra Hirco. 

Las carretas con sus toldos de paja o de cuero pelu- 
do, tiradas por cuatro o cinco yuntas de bueyes, llegaban 
al Mercado de Frutos de Montevideo repletas de lanas, 
de corambres varios, de cerda, etc., desde Cerro Largo, 
desde Tacuarembó, desde Porongos, desde Rocha. 

Los viajes duraban semanas enteras al paso tardo 
de los animales y las filas movedizas de los toldos dibu- 
jaban un gusano larguísimo, estridente, avanzando por 
la extensión del campo que todo era camino. 

Se aprovechaba en la estancia la venida de las ca- 
rretas con los productos de la zafra para bajar a la capi- 
tal, trayendo la familia, un muchacho al que había que 
dejar en la escuela o un enfermo grave que necesitaba 
ver médico. 

En la Plaza de Frutos las cuatro veredas del cuadro 
eran insuficientes para establecer posadas, fondas, des- 
pachos de bebidas, billares, almacenes, “boliches" y de- 
pósitos. 

Especie de feria permanente por la animación diaria 
del animado conjunto, distinto cada día, que la llenaba 
desde el clarear de la aurora, la Plaza de Frutos era un 
señuelo de prosperidad y un atractivo de ganancias. 


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Cuando, al triunfo de la revolución de Flores, la Co- 
misión Extraordinaria Administrativa (que funcionaba 
como entidad municipal) estableció en la villa de la 
Únión la Plaza de Frutos denominada 20 de Febrero, la 
Comisión Auxiliar de la localidad se expresaba así: 

“Este es otro de los grandes contingentes que la H. 
Comisión Extraordinaria ha traído a este pueblo”. 

“El solo basta para que las fincas como los terrenos 
que no tenían el más mínimo valor, hoy lo tengan en 
proporción a los más inmediatos de la capital”. 

Si hemos de estar a lo que en el tomo primero de 
“Montevideo Antiguo” consignara Isidoro de María —es- 
te Don Isidoro a quien se ha dado en llamar el primer 
historiador nacional, como si no hubiera existido nunca 
Don Juan Manuel de la Sota, con su “Historia de la Re- 
pública”, impresa en 1841 y su “Catecismo Geográfico- 
Político c Histórico de 1850”— Isidoro de María, repito, 
dice que en los primeros tiempos de la patria la Plaza de 
Frutos de la capital estaba en el Hueco de la Cruz. 

Era llamado así, vulgarmente, un gran espacio bal- 
dío sito en el recinto murado de la ciudad, que abarcaba 
algo más que el perímetro comprendido entre las actua- 
les calles Buenos Aires, Reconquista, Zabala y Alz&ibar. 

Ubica De María equivocadamente el Hueco, al de- 
cir que lo limitaban las calles San Sebastián y San Ra- 
món, San Agustín y San Francisco, hoy Buenos Aires, 
Reconquista, Zabala y Washington, al sur de la antigua 
ciudad. 

La calle San Agustín es la calle Alzáibar de nuestros 
días y no la calle Wáshington que se llamaba San Diego. 

Además la calle Wáshington nunca podría ser consi- 
derada una calle sur de la ciudad. 

El Hueco de la Cruz, transcribo al viejo historiógra- 
fo, “era el punto donde venían a situarse las carretas de 
campaña con sus bueyes y tropilla de perros”. 

Incrementadas paulatinamente las poblaciones, las 


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plazas de frutos se alejaban del centro de un modo na- 
tural, pues el tráfico de carros con varias yuntas de bue- 
yes en el radio urbano tomábase imposible y la carreta 
de bueyes era el único vehículo de uso en la campaña. 

De esta manera la plaza de frutos de Montevideo se 
situó luego en la actual plaza Cagancha, después en la 
de los Treinta y Tres en el Cordón, en la plaza pequeña 
de la Aguada, que se denominó General Flores, y final- 
mente en la plaza Sarandí, también en la Aguada. 

Descentralizado el régimen de plazas, años más tar- 
de, las hubo además de esta última, en la villa de la 
Unión, en la plaza Artigas de las Tres Cruces. 

De la oficina fiscal, recaudadora de derechos de la 
plaza Artigas, se puede ver un poco escondida por la 
reedificación de las calles, un resto del edificio que so- 
bresale del nivel de las casas circundantes. 

En el pueblo San Lorenzo (confundido ahora con él 
amanzanamiento oficial) la oficina fiscal de la plaza de 
frutos estaba situada frente al costado norte de la doble 
manzana que actualmente ocupa el servicio oficial de 
telegrafía sin hilos. 

Es un edificio casi en ruinas, puede decirse, con uña 
puerta de hierro, central, dos aberturas laterales a dere- 
cha e izquierda y un frontón que luce el antiguo escudo 
nacional con banderas. 

Entre la gente antigua del lugar se le conoce con el 
nombre de “El Piquete”, porque en tiempos pasados un 
destacamento o piquete de policía tenía su cuartel en 
una de las alas del edificio fiscal. 

El 30 de marzo de 1856, fue cuando se ordenó por el 
“Superior Gobierno”, que el mercado de frutos de la 
plaza Cagancha debía trasladarse a la plaza de Artoh, 
en el Cordón, y a una de la Aguada, ubicada entonces 
donde hoy está el Palacio Legislativo. 

Los vecinos de la plaza desalojada, heridos en su in- 
terés, obtuvieron antes de transcurrir cuatro meses, que 


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se permitiera a las carretas de campo entrar por la calle 
de San José, hasta la plaza de Cagancha para descargar 
y cargar en los establecimientos en ella situados, pero sin 
que pudieran demorar allí más tiempo que el estricta- 
mente necesario a su objeto. 

Pero la excepción no duró mucho porque reaccio- 
nando las autoridades en noviembre y a mérito de que 
por esa condescendencia no solamente se frustraban las 
miras del gobierno al trasladar el mercado de frutos, de 
acuerdo con el Ministerio Fiscal y la Junta E. Adminis- 
trativa, sino que se estaba faltando el respeto debido a 
las disposiciones de la autoridad, “dando lugar a ejem- 
plos perniciosos para el orden público y produciendo la 
incertidumbre, sobre el verdadero mercado de frutos, in- 
certidumbre en extremo perjudicial a las operaciones de 
comercio y transporte", dispuso: 

Que quedaba sin efecto la excepción contenida en el 
decreto de 19 de mayo último, que permitía llegar hasta 
los establecimientos de Cagancha las carretas de campa- 
ña; las cuales deberían parar, cargar y descargar en los 
mercados de Artola y de Sarandí, en la Aguada. 

Por el mismo decreto que firman el 18 de noviembre 
de 1856 Gabriel Pereira y el general San Vicente, minis- 
tro de Guerra y Marina, la plaza de Artola se denominó 
oficialmente “Plaza de los Treinta y Tres". 

En cuanto a la plaza de frutos de la Aguada, estaba 
denominada “Sarandí”, por decreto de S. E. y su minis- 
tro de gobierno Dr. Joaquín Requena, desde el día 30 
de abril. 

Quedaron las plazas de frutos en este punto hasta 
que el 18 de agosto de 1865, el Gobernador Provisorio 
general Flores, acordó con los señores Guerra hermanos 
una permuta de terrenos a objeto de trasladar la plaza 
denominada Sarandí “por ser demasiado chica c irregular 
la que ahora lleva ese nombre". 

El terreno que la firma Guerra hermanos escritura- 

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ría al gobierno, formaba un cuadrado de cuarenta mil 
varas, cruzado por el camino de la Figurita, que debía 
desmontarse y terraplenarse por ellos, rectificándose y 
ensanchándose algunas calles adyacentes. 

La nueva plaza, destinada "al paradero de carretas 0 , 
recibiría el mismo nombre de Sarandí, dado a la peque- 
ña plazoleta de la Aguada, que venía sirviendo de mer- 
cado de frutos hasta entonces* 

Dicha plazoleta, en cambio, tomaría el nombre de 
plaza General Flores “con destino, en adelante, al solaz 
y recreo de público 0 * 

Cumplidos los compromisos del convenio por Gue- 
rra hermanos, el gobierno se recibió en forma definitiva 
de la nueva y extensa plaza en julio de 1866, cometien- 
do a la Comisión Extraordinaria Administrativa todo lo 
que fuera preciso hacer para instalar en ella el Mercado 
de Frutos o parada de carretas de campaña. 

También debía la autoridad municipal elegir deno- 
minación para las nuevas calles rectificadas o abiertas, 
"recomendándose como un justo tributo rendido a su 
memoria, el nombre del coronel don Marcelino Sosa, 
muerto gloriosamente en ese punto en el heroico asedio 
de esta ciudad, y el del excelente vecino de la localidad 
indicada, finado súbdito inglés, don Francisco Hocquart. 

Fue la última evolución del Mercado de Carretas. 

Después el paradero desapareció automáticamente, 
en desesperante languidez, a medida que el riel conquis- 
taba la campaña. 

La plaza 20 de Febrero, en la Unión, se defendió, 
por razones naturales, hasta la hora final. 

La plaza Sarandí, hermosa y espaciosa, fue sacrifi- 
cada para levantar en ella la Facultad de Medicina y la 
pequeña General Flores, para elevar el Palacio Legisla- 
tivo. 


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EL PRIMER SERVICIO DE OMNIBUS 


Cuando después de la Paz de Octubre de 1851, la 
villa de la Unión —la Restauración de Oribe rebautiza- 
da— vino a quedar en libre plática con Montevideo, por 
el cese del estado de guerra, la separación entre ambas 
localidades quedó siempre planteada por lo abominable 
de aquel camino que las ligaba. 

Es algo de no creerse ahora, sobre todo mirando las 
cosas desde el auto y por el asfalto. 

Era un camino casi nominal, comparándolo con lo 
que razonablemente puede llamarse camino. En 1850, 
hablando de esta vía alguien dice: "aún se halla latente 
el recuerdo del estado en que hasta hace poco se encon- 
traba el camino de Montevideo a la Unión” 

No menos de quince o veinte pantanos interrumpían 
el tráfico, siendo necesario salvarlos por estrechos desvíos 
abiertos en los terrenos particulares. 

Frente al Cementerio Inglés, hoy entre Olimar y 
Médanos, ya se encontraba un pantano que, para ser re- 
llenado más tarde requirió 1.320 pies cúbicos de piedra, 
tierra y pedregullo. 

Y este era el primero pero no por cierto el peor: el 
que existía entre la calle Tacuarembó y la plaza de los 
Treinta y Tres —2 cuadras— consumió 4.050 pies de re- 
lleno. 

A la altura de la Universidad —frente al Cristo— ha- 
bía otro pantano aunque pequeño. También más allá por 
Sierra lo que se llamaba entonces la Casa Volada, uno 
nuevo mayor que el anterior. 

Por lo de Gallinita —calle Municipio— existía otro 
atolladero formidable que tragó como 3.000 pies de re- 
lleno. 

Y siguiendo, los conocidos por el Inglés, de Reyes 
un poco más acá del Parque Central, de Peña, de Pede- 

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monte, etc., según la casa que más o menos enfrentaban. 

Por la antigua casa de Peña y a la altura de Larra- 
naga, un poco antes del cruce, existía el más extenso y 
temible de los malos pasos, teatro de permanentes pelu- 
dos. Para medio arreglarlo, al principio, el Gobierno de 
Berro, tratando de “remediar” siquiera el camino a la 
Unión, este pantano de Peña, solo, necesitó como 5.000 
pies cúbicos de materiales. 

A las puertas de la Unión, en lo que se llamaba el 
bajo, encontrábase nueva zona barrial. 

Pues bien, con semejante camino y todo, era preciso 
resolver el problema de la comunicación barata y regu- 
lar, pues los vecinos vivían a merced de la voluntad de 
los “carruajeros” (término de la época) empleados en el 
tráfico. Cobraban los dueños de volantas y coches medio 
patacón —48 centésimos— por ida y vuelta, precio sujeto 
siempre a las alteraciones que a ellos se les antojase ha- 
cer. 

Un grupo de vecinos de la Unión, progresistas y adi- 
nerados, a cuyo frente estaba el respetable ciudadano 
Norberto Larravide, encabezó un rápido y eficaz esfuer- 
zo colectivo del que nació en pocos días la llamada “So- 
ciedad de Omnibus”. 

El 9 de Abril de 1853 quedó constituida, en una 
primera reunión, la nueva entidad con un capital de 
4.800 patacones que se integrarían mediante 80 acciones 
de 90 patacones cada una. 

4.608 pesos moneda nacional, en acciones de 86 pe- 
sos. 

Formóse la primera comisión directiva por los seño- 
res Norberto Larravide, presidente; Tomás Fernández, 
Cesario Villegas y Luna, contador; Tomás Basáñez e Isi- 
dro Fernández, inspectores y Miguel Berro, secretario. 

La comisión por unánime concurso de los asambleís- 
tas, quedó facultada para redactar “el reglamento admi- 
nistrativo de la sociedad, para poner en movimiento Jos 


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coches tan pronto estuviera en posesión de capital sufi- 
ciente y —todavía más— para designar ella misma los su- 
plentes que los reemplazaran en caso de impedimento. 

Presumo que al formarse la sociedad de Omnibus, 
debían estar ya en la Aduana o venir en camino los dos 
primeros coches, de fabricación inglesa y con los cuales 
debía correr cierto señor Augusto Richter, pues de otra 
manera sería inexplicable que el domingo 24 de Abril de 
1853, a los quince días de constituida la Sociedad, pu- 
diera inaugurarse el servicio. 

No hay que decir que aquello fue un acontecimien- 
to. . . 

Los coches tenían capacidad para unas 24 personas, 
distribuidas adentro y en el imperial, pero cargaban bien 
28 y 30. 

Hicieron los dos coches tres viajes redondos en el 
primer día, movilizando cada uno en total unas 300 per- 
sonas. 

El precio del pasaje era un real —10 centésimos— , 

La carrera se extendía desde la plaza Independen- 
cia hasta la parada de las diligencias en la Unión; a la 
puerta de una hermosa fonda y posada, donde podía to- 
marse un confortante refrigerio. 

Hubo ese domingo memorable, apretones sin cuento 
para entrar en los ómnibus y para acomodarse una vez 
adentro. La empresa pensó en establecer tarjetas de pa- 
saje expedidas con debida anticipación, que evitaran ac- 
cidentes. 

Como el directorio, por la calidad de personas que 
lo componía era plenamente responsable, pudo darse la 
satisfacción de inaugurar el servicio de ómnibus no solo 
antes de estar suscriptas las acciones sino antes, mismo, 
de comenzar el cobro de ellas. 

A crédito se compró el equipo, se instaló la estación 

! r se adquirieron las primeras 84 muías requeridas para 
os tiros. 


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El gobierno de Giró favoreciendo la progresista ini- 
ciativa había exonerado los dos primeros coches del pa- 
go de derechos aduaneros. 

Como las cosas marchaban muy bien se encargaron 
a Francia, a las pocas semanas, tres nuevos ómnibus de 
construcción moderna y antes de finalizar el año 53 es- 
taban aquí los flamantes coches, del modelo de los que 
circulaban por las calles de París. 

Estos tres coches, incluidos los fletes, gastos de de- 
sembarco y derechos de aduana, importaron 2.936 pata- 
cones o sean pesos 2.818.56. 

Porque esta vez hubo que pagar la mitad del dere- 
cho de aduana, después de vencer algunas dificultades, 
pues el proteccionismo oficial parecía llegado a su lí- 
mite. 

¡Tal fue el origen del servicio de “Omnibus” en el 
país, hace 75 años, en coches con imperial y traccionados 
por muías, entre Montevideo y la Unión por un camino 
criollo, infernal, que contaba dos docenas de pantanos 
distribuidos en su trayecto! 


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LA ESTATUA DE LA PLAZA CAGANCHA 


Podrá discutirse si la columna de la plaza Cagancha 
que corona la matrona en bronce modelada por Livi fue 
erigida en honra de la Libertal, de la Ley, de la Paz y 
hasta de la Revolución triunfante en 1865. 

Hay argumentos para sostener cualquiera de las 
tesis. 

Lo que nunca podrá discutirse, en cambio, es que la 
estatua de la plaza Cagancha constituye una lección, 
permanente y formal, de modestia y sencillez ciudadanas. 

Analizando las circunstancias que concurrieron a su 
elevación y la época y el temperamento político de la 
hora, aquella opinión individual ha de ser compartida 
por muchos de mis consecuentes lectores. 

Erigida bajo el gobierno discrecional del general 
Venancio Flores, en los días en que la carrera política del 
caudillo estaba en su ápice, la iniciativa surgió de uno 
de los militares que lo habían acompañado en la revolu- 
ción triunfante y en esos momentos jefe político de Mon- 
tevideo. 

La estatua de Livi constituía entonces el único mo- 
numento público de esa índole existente en la capital y 
desde luego en toda la república, atreviéndome a pen- 
sar que en Buenos Aires tampoco había otro que no fue- 
se la Pirámide de Mayo tan modesta de fábrica como 
gloriosa. 

Los materiales nobles, las líneas esbeltas y la eleva- 
ción del fuste realzaban todavía el mérito del monu- 
mento que, en medio del descampado de la plaza, cru- 
zada por la desolación de la calle 18 de Julio, entre casas 
paupérrimas y barracones, destacaba la silueta de una 
columna romana. 

Pues bien, en semejantes circunstancias de excep- 


21 



ción, ni el gobernador Flores se sintió tocado de vani- 
dad, ni el jefe político cayó en pecado de adulación, y el 
monumento se inauguró sin ninguna inscripción conme- 
morativa, sin un nombre, sin el simple, obligatorio, al 
parecer, milésimo de 1807, siquiera. 

La lección de la estatua no se discute. 

Y más notable esta modestia del vencedor y este pu- 
dor de un funcionario subalterno impermeable a la adu- 
lación, aquí donde el afán de notoriedad desasosiega a 
los de arriba y donde, abajo, hay quienes viven atisbando 
el instante de la reverencia y de la bajeza grata al 
amo . . . 

La primitiva idea de los que pensaron en levantar 
un monumento público a raíz del cambio efectuado en 
el país el 20 de febrero de 1865, fue erigirlo en el centro 
de la plaza Constitución, ocupado nada más que por una 
vereda circular enlozada. 

Dentro de ese marco el jefe político, Coronel Ma- 
nuel M. Aguiar, solicitó algunos proyectos en forma pri- 
vada a los pocos artistas existentes entre nosotros. 

Dos escultores respondieron al llamado, José Livi, 
italiano y Andrés Bramante, que supongo italiano tam- 
bién y del cual no tengo mayores noticias. 

Livi no era la primera vez que encaraba un asunto 
semejante. 

En los últimos días de la presidencia de Pereira, te- 
nía confeccionada la propuesta para construir en la mis- 
ma plaza una estatua en mármol de la Constitución, de 
tres varas de alto, sobre una columna redonda de cua- 
tro varas por una y media de diámetro, destacada sobre 
una gradería de tres peldaños, cuyo costo se calculaba 
en cuatro mil patacones. 

Al diferir el pedido del Coronel Aguiar, Livi presen- 
tó dos proyectos distintos y Bramante uno, que exhibió 
al público en su taller, calle 25 de Mayo 55. 

De los proyectos de Livi uno era más estudiado que 


22 



el otro y en mayor tamaño. Representaba la Libertad 
teniendo en la mano el libro abierto de la Constitución. 

Mediría 16 varas y en el pedestal iba esculpido el 
escudo nacional. 

José Livi, después de vivir algún tiempo en Buenos 
Aires y Entre Ríos, había llegado a la república el año 
59, anunciándose como alumno de las academias de Flo- 
rencia y Carrara. 

Estableció el primer taller en la calle Andes N? 62 
donde tenía expuesta su escultura “La Caridad”, grupo 
de tres figuras existente ahora en el Hospital Maciel. 

Según los términos de una carta de presentación 
del Arquitecto Bernardo Poncini al presidente Gabriel 
Pereira, fechada en enero de 1860, Livi era en su con- 
cepto “el primer artista de escultura que ha venido al 
Río de la Plata” añadiendo “que si quería confiarle la 
formación de su busto estaba seguro que sabría desem- 
peñarse como verdadero profesor que es”. 

Aceptados los servicios de Livi, éste modificó su 
proyecto de acuerdo con las ideas y sugestiones de los 
señores de la Comisión Popular que secundaba celosa- 
mente la iniciativa y trabajos del coronel Aguiar. 

La obra definitiva traducida a las dimensiones co- 
rrespondientes quedó ajustada en 7.200 pesos. 

La jefatura puso en manos del fundidor Ignacio Ga- 
rragori dos cañones de bronce para la estatua. 

Poco después principiaron los trabajos de cimenta- 
ción en el cruce de las calles 18 e Ibicuy. 

En Enero de 1866 la figura fue fundida en bronce. 

Actualmente está modificada pues la espada roma- 
na que ostentaba en la mano derecha se le quitó, colo- 
cándole en la muñeca una anilla con fragmentos de ca- 
dena rota, 

Con estas variantes se entendió, durante un gobier- 
no posterior que el simbolismo de la estatua acentuába- 
se en sentido de personificar la Libertad. 


23 



El gladio esgrimido en la diestra y la planta del pie 
hollando la cabeza de un monstruo abatido, inducían a 
pensar que la esbelta matrona fuese no ya la Libertad 
clásica, impersonal, sino la Libertad de la Cruzada del 
63-65, y como entonces los vientos que soplaban eran del 
sector de la fraternidad nacional, las modificaciones tu- 
vieron andamiento. 

El 20 de Febrero de 1867, aniversario segundo del 
triunfo de la revolución florista, el mismo general pudo 
inaugurar la estatua de la plaza Cagancha. 

Desde el 29 de Diciembre de 1865, esta plaza había 
recobrado su primitivo nombre, cambiado durante el go- 
bierno de Aguirre por el de plaza 25 de Mayo. 

El batallón Libertad* al mando del coronel Fortuna- 
to Flores formaba en alas por la calle 18 y en una de las 
rinconadas de la plaza estaba una sección del regimiento 
de artillería. 

Inició los discursos el jefe político Aguiar siguién- 
dole el señor A. Labandera en nombre de la Comisión 
Popular, 

Respondió el Gobernador con la sencillez cordial 
que lo caracterizaba, en términos de inspirado patriotis- 
mo, y procedió a descorrer la cortina. 

Los veintiún cañonazos de ordenanza conmovieron 
las viejas paredas circunvecinas y un momento después 
la comitiva oficial encaminábase a la ciudad vieja donde, 
en la calle Sarandí, debía ser inaugurado el nuevo edifi- 
cio de Correos: la misma casa que todavía presta servi- 
cios pero con un piso alto únicamente. 

Aislada en medio de la plaza, sin ninguna defensa 
contra un posible accidente de tránsito permaneció la es- 
tatua, por varios meses. 

Los cuatro pilares de mármol que figuran en el 
proyecto y que debían sustentar una cadena no se acep- 
taron o no se pusieron nunca. 

Recién siendo jefe político de Montevideo José Cán- 


24 



dido Bustamante, en 1868 la estatua fue rodeada por 
una verja de poca altura que la resguardaba sin perjudi- 
car la perspectiva. 

Con igual fecha se proliibió el tránsito de vehículos 
a través de la plaza, restablecido ahora, no hace mucho. 


26 



EL FERROCARRIL A LA UNION Y TOLEDO 
UNA LINEA QUE DESAPARECE 


Pocos días más y mi pacífico barrio del Retiro ha- 
brá perdido la última de sus características históricas 
remontada a la época de las grandes quintas —las de 
Pretti Bonati y Ponce de León, v. gr.— que interrumpían 
el amanzanamiento, cuando las calles eran sino líneas en 
los planos y un amplio descampado de terreno fiscal ser- 
vía como público pastoreo donde pronto se levantó la 
primer cárcel radiada Penitenciaría y Correccional. 

Después del próximo 31 de marzo no correrá más el 
antiguo Ferro Carril Uruguayo del Este que luego de 
atravesar diagonalmente El Retiro, bordeando los límites 
de “La Comerciar (áreas vendidas bajo el martillo de 
Florencio Escardó y linderas con los abandonados hornos 
de Paredes en 1871) toma por Monte-Caseros hasta la 
Unión y sigue por Maroñas a entroncar con los rieles del 
Ferro Carril Central en la estación Manga, denominada 
en su origen estación Treinta y Tres. 

Inexistente como línea de pasajeros de mucho atrás, 
prácticamente abandonada, sin más explotación comer- 
cial que algunas toneladas de piedra cal o de forrajes, 
sin servir para otra cosa que para estorbo en el casco 
poblado y para detrimento de la calle Monte Caseros 
—tan hermosa de perspectivas— el último tramo del Fe- 
rro Carril del Este era, con todo y eso, nota peculiar y 
familiar de nuestro barrio, impuesta por sesenta años al 
tránsito cotidiano. 

Sesenta años de librada al público, próximamente, 
setenta años de tramitada venía a tener casi la concesión 
originaria. 

Pertenece la magna idea de establecer lo que antes 
llamábase un trenvía a vapor que partiendo de Monte- 



video ligara la capital con Pando, Minas, Maldoaado, 
San Carlos y Rocha, a aquel francés, hombre de supe- 
rior espíritu, culto y progresista, que se llamó Adolfo 
Vaillant. 

El 16 de marzo de 1870, al año de fundarse el ba- 
rrio del Retiro con el loteo de la extensa vieja quinta 
de José de Bejar, le fue otorgada a Vaillant la concesión 
que solicitaba. 

Supervivencias tan graves como la revolución de 
Timoteo Aparicio, configuraron ‘los casos fortuitos o de 
fuerza mayor* previstos en el contrato para el plazo de 
conclusión de las distintas secciones. 

Según el artículo 1? la sección Pando debía estar 
lista a los tres años de aprobados los estudios, la de Mi- 
nas dentro de seis, la de San Carlos - Maldonado a los 
diez y la de Rocha a los doce. 

Obstaculizado así el plan Vaillant, José Paseyro pu- 
do obtener el 10 de enero de 1872 una concesión legis- 
lativa similar para otro trenvía a vapor que corriese de 
la plaza Sarandí, en la Aguada, hasta la Villa de Pando 
y el 9 de julio del mismo año Bernardo Dupuy (hijo) tu- 
vo la autorización precisa para un ferro-carril de la 
Aguada a Maroñas. 

Amparados en un defecto de los contratos varios 
propietarios de zonas que debían ser atravesadas, opu- 
siéronse a ello pidiendo precios escandalosos por los 
terrenos que ocupasen las vías. 

Y tan desorbitados en sus exigencias que hubo ne- 
cesidad de meterlos en razón con la ley de 9 de julio de 
1874 declarando de utilidad, pública las expropiaciones 
del ferro-carril a Pando. 

Pero ni aún así la obra pudo tomar impulso eficaz 
y el 3 de mayo del año 77 los concesionarios enajenaron 
sus derechos a una sociedad inglesa representada por la 
firma R. R, Pealer y compañía. 

Obtuvo ésta un año de prórroga para librar la sec- 


27 



ción a Pando y 22 meses para llegar hasta Minas, impri- 
miendo nueva actividad a los trabajos, pero el embrujo 
que simulaba pesar sobre el negocio no parecía suscep- 
tible de ser quebrantado. 

Dos capitalistas de la plaza José M. Baena y Julián 
Rosende que llevaban prestados hasta cuarenta mil li- 
bras con hipoteca de la concesión, presentáronse al go- 
bierno solicitando el traspaso a su favor de todos los 
derechos y haberes de la empresa y con la conformidad 
de Pealer y Cía. se protocolizó el cambio de dueños el 
22 de abril de 1878. 

Desde ese instante el dictador Latorre, que mostra- 
ba vivo interés en propulsar la empresa, no escatimó es- 
fuerzos en tal sentido. 

Seis meses más tarde (22 de octubre) los nuevos due- 
ños recibieron una liberal subvención de 53.000 pesos 
reintegrables en futuros servicios oficiales que prestaría 
la empresa. 

En la administración del Dr. Vidal, por ley de agos- 
to de 1880, el estado acudió de nuevo en auxilio de la 
compañía constructora, otorgándole un subsidio de 6.000 
pesos por cada kilómetro de vía que se librase al tránsito 
hasta la suma de 79.450 pesos. 

Finalmente, el 30 de junio de 1887, la línea del lla- 
mado Ferro-Carril Uruguayo del Este que seguía sien- 
do un mal negocio, fue comprada por la Compañía del 
Ferro-Carril del Noroeste, que representaba Eduardo 
Cooper y luego se confundió junto con ésta, en una ex- 
tensión de líneas del Central. 

Tales, esquemáticamente de manifiesto, los antece- 
dentes históricos del Ferro-Carril de la Unión, según se 
le nombra por el público de nuestro barrio. 

La línea férrea a que vengo refiriéndome arranca- 
ba, en su origen, de una estación términus que tenía el 
nombre de General Artigas, ubicada en el cruce de las 
calles Miguelete y Daymán (Julio Herrera y Obes, ac- 
tual). 


28 



Muchísimos de los lectores recordarán junto conmi- 
go que de esta altura, inmediato a los murallones viejos 
que rodeaban la bahía, todos los domingos y días de ca- 
rrera partía en tren a las primeras horas de la tarde la 
concurrencia que iba al Hipódromo de Maroñas para ser 
devuelta a la ciudad concluida la reunión. 

Era un larguísimo convoy de coches salones que 
avanzaba lento por la calle La Paz, repechando con pe- 
na hacia el “túnel” de Sierra, al rítmico voltear de una 
sonora campana acomodada entre los topes de la má- 
quina. 

No he hallado vestigio reconocible de la antigua 
estación "General Artigas”, a la que reemplazó hace tan- 
tos años la denominada estación Talleres, o sea la que 
hoy se llama “Cordón”, en las calles La Paz, Minas y 
Magallanes. 

A “Talleres” seguían en la época de inaugurarse la 
línea las estaciones Unión, Ituzaingó, Treinta y Tres y 
Toledo. 

Habiendo pasajeros se detenían los trenes en las pa- 
radas Lasala, Camino Larrañaga, Maroñas, Piedras Blan- 
cas y Manga, y en ocasión de carreras o corridas de to- 
ros en La Unión habían trenes especiales expresos. 

La primera tarifa de pasajes simples fue de $ 0.12 a 
La Unión, 0.24 a Ituzaingó, 0,40 a Treinta y Tres y 0.60 
a Toledo. 

Coincidió la terminación de la línea Uruguaya del 
Este con la época en que el coronel Lorenzo Latorre se 
hacía nombrar magistrado legal para seguir siendo Dic- 
tador bajo la máscara de Presidente constitucional de la 
República. 

Paso de comedia, obtenido a placer mediante unas 
“cámaras negras” reunidas ad hoc, esta legalización fue 
número infalible en la historia de todos los mandones 
irresponsables que ha tenido que soportar avergonzado 
el país 


29 



Presidente Latorre por el voto de sus hechuras, el 
primero de marzo de 1879, la empresa del Ferro Carril 
repartió invitaciones para la inauguración de la línea que 
debería tener lugar el día 10. 

Una dolencia del "protector” impuso el deferimien- 
to de la ceremonia hasta que el coronel Latorre se ha- 
llase mejorado. 

Poco duró la molestia de S.E. y todo pudo estar 
listo para el domingo 16. 

A las 2 de la tarde de la nueva fecha Latorre acom- 
pañado de sus ministros secretarios de estado, José Ma. 
Montero en gobierno, coronel Eduardo Vázquez en gue- 
rra y Dr. Gualberto Méndez en relaciones exteriores, 
tomaba en la central Artigas el tren de honor adornado 
con banderas y palmas que lo conduciría a la estación 
Talleres distante 12 cuadras escasas y donde esperaban 
para bendecir la línea el vicario general Inocencio Yére- 
guy con varios eclesiásticos subalternos. 

Los padrinos fueron el Presidente y la señora Doña 
Angélica Villademoros de Requena y García. 

El acto inaugural oficial debía tener lugar en Tole- 
do y concluida la ceremonia católica continuó la marcha 
deteniéndose apenas en La Unión donde subieron va- 
rios invitados. 

La estación Toledo estaba aún por construirse, pero 
la empresa tenía habilitada una casa frente a la de Ro- 
vira, en Punta de Rieles. 

Allí sirvióse un lunch después de breves palabras 
del coronel Presidente que presentó al empresario Baena 
como ejemplo a los capitalistas dedicados tan sólo al 
préstamo y a la usura, haciendo resaltar, asimismo, la 
cooperación que su gobierno había dispensado a la obra. 

Respondió por la empresa el Dr. Joaquín Requena, 
reconocido a la superior autoridad. 

8Q 



El ministro Dr. Gualberto Méndez, orador oficial le- 
yó una alocución de corte literario, buena como estaba 
capacitado para hacerla, y finalmente Vaillant hizo oir 
su voz para reivindicar "una especie de patente de in- 
vención” que le correspondía por su iniciativa primordial 
de 1870. 


31 



EL MERCADO DE LA CIUDADELA 
O MERCADO VIEJO 


Móviles de interés fiscal remolcando otros superio- 
res, circunstancia concurrente muchas veces en obras o 
iniciativas del gobierno, llevaron al presidente general 
Manuel Oribe a decretar la creación del primer mercado 
que tuvo Montevideo. 

Hasta entonces las hortalizas y frutas se vendían en 
horas de la mañana en la vereda de la plaza Constitu- 
ción, que da a la calle Sarandí, en puestos voladizos o 
extendidas por el suelo encuna de lonas o mantas. 

La carne despachábase directamente de los carros 
que la traían de los mataderos de la Aguada, en el des- 
campado que existía frente a la antigua Ciudadela, mi- 
rando hacia la calle 18 y por la hila de la calle Florida 
que entonces atravesaba de Norte a Sur. 

En cuanto al pescado era vendido por la calle, sin 
perjuicio de haber pescaderías de lo más sucias y mal 
olientes tan céntricas como una de la calle San Joaquín 
—ahora Treinta y Tres— que fue, por años consecutivos, 
el desespero de los vecinos y el torcedor del Jefe Políti- 
co que no consiguió desalojarla, defendiéndose el dueño 
con influencia y chicanas hasta que se estableció el mer- 
cado que hoy nos ocupa. El mercado de frutas y verdu- 
ras se cambió más tarde al predio esquina de Sarandí y 
Pérez Castellanos, frente a la Casa de Ejercicios, la pe- 
queña manzana que ahora circunvala la calle Mercado 
Chico, precisamente por la circunstancia apuntada. 

Se le conocía también por mercado de Sostra, apelli- 
do de Don Joaquín, dueño del solar y de una serie de 
cuartos que al solar daban frente y conocidos por la mis- 
ma denominación. 

Había en estos sitios de venta, propensos a los aten- 


32 



tados contra la higiene, una despreocupación completa 
en lo que rezaba con ésta. 

Los despojos de primera mano eran alzados por la 
gente pobre que, a la vez de arrimar algo a la mesa cons- 
tituía como un plantel gratuito de peones de limpieza. 

Los últimos restos inservibles los levantaban irnos 
cuantos presos enviados a diario de la inmediata cárcel 
del Cabildo. 

El decreto creando el mercado que se denominó 
oficialmente de la Ciudadela, dice asi: 

Montevideo, abril 16 de 1835. 

"Considerando el Gobierno que el establecimiento de 
un Mercado público en la Capital no sólo proporcionará 
una renta en beneficio del Erario, sino que consultará el 
aseo del local y la comodidad del vecindario, que a to- 
da hora encontrará reunido en un solo punto lo que ne- 
cesite comprar, teniendo presente que el lugar destinado 
hoy para la venta de verduras y demás renglones del 
consumo diario, no es bastante para estos objetos, por su 
poca extensión y por no haber sido bien preparado para 
ello; cuyo defecto será más sensible con el aumento de 
la población, con previo acuerdo de Ministros, decreta: 

1. Se destina para el establecimiento de Merca- 
do público el edificio denominado de la Ciudadela. 

2. El Jefe político y de Policía ordenará se levante 
un presupuesto del costo de la obra que por abora se li- 
mitará a formar un corredor de cuatro varas de ancho en 
todo el cuadro del edificio, abrir las luces y formar las 
divisiones necesarias para los cuartos de los vendedores. 

3. Por separado hará formar el presupuesto del cos- 
to de un cobertizo de madera en el centro del patio cu- 
ya construcción se ordenará según lo permita el estado 
de la hacienda pública. 

4. Oportunamente se reglamentará el orden interior, 
que haya de observarse en este establecimiento. 


33 



5. El Ministro secretario de Gobierno queda encar- 
gado del cumplimiento de este decreto, que se publica- 
rá y comunicará a quienes corresponda, insertándose en 
el Registro Nacionar. — Oribe. Francisco Llambí. 

Las obras imprescindibles entre las planeadas en el 
antiguo y ciclópeo edificio militar de los españoles, insu- 
mieron cerca de un año. 

Poco faltaba para que se cumpliese cuando el Poder 
Ejecutivo dispuso, el 12 de abril de 1836, que la apertu- 
ra tuviera lugar el 1^ de mayo, en consideración a que 
los trabajos quedarían concluidos dentro de breves días 
y teniendo presente que aquel día era memorable por “re- 
caer en la festividad de los Santos Patronos de la Capital 
y ser también el que el Gobierno de la República eligió 
en 1839 para trasladar a la misma las autoridades del 
país”. 

El artículo 2 9 del decreto de apertura prevenía a los 
que desearan arrendar cuartos o carnicerías, que debían 
concurrir al jefe político del Departamento para que les 
fuera designado el local que debían ocupar “en la inteli- 
gencia que siendo destinado dicho mercado para el ex- 
pendio de los renglones de abasto no se venderían desde 
aquella hora estos artículos en la plaza y demás puestos 
en que hasta entonces se habían expendido”. 

Con igual fecha del decreto, entró a regir un Reglamen- 
to Provisorio del Mercado Público compuesto de 33 ar- 
tículos “sujetos a las alteraciones que aconsejara la ex- 
periencia”. 

Las carretas, según tales pragmáticas, debían entrar 
al Mercado por la puerta que daba al Este, saliendo por 
la que daba a la calle Sarandí, no pudiendo, bajo pretex- 
to ninguno, dar vuelta ni girar dentro del local ni utilizar 
otra calle que no fuese la del medio. 

La limpieza diaria —a efectuarse de once a doce del 
día— era, conforme a las viejas prácticas, obligación im- 


34 



puesta a presidíanos que se designarían con anticipación, 
los cuales barrerían las calles, corredores y escaleras. 

Tarifóse el arriendo de los cuartos para ventas de 
géneros comunes en 12 pesos mensuales y los destinados 
a carnicerías en 15. 

Los puestos permanentes que se colocaran en los co- 
rredores, disponiendo de un espacio de vara y media cua- 
drada, pagarían 1 real diario y los que se levantaban an- 
tes de las 11, medio real. 

Algunos cuartos reservábanse para la venta de pan, 
género escrupulosamente controlado de antiguo para sa- 
ber la exactitud del peso. 

Caso de hallarse falto caía en comiso v aparejaba 
multa. 

La inauguración del Mercado, no obstante lo insti- 
tuido en el decreto, no tuvo lugar el V de mayo de 1836, 
sino la noche del 30 de abril al 1^ de mayo. 

"Hemos asistido a la apertura de este establecimien- 
to —dice el gacetillero de "El Nacional”— la noche del sá- 
bado”. 

Y añade luego: "Este acto nos ha hecho gozar de los 
variados placeres que ofrecía la concurrencia que lo fa- 
voreció”. 

El gacetero de "El Universal” ni siquiera alcanzaba 
a decir eso haciéndonos saber que el buen tiempo lo ha- 
bía favorecido. 

El edificio elegido para mercado público era desde 
su origen y por su mismo origen justamente, un edificio 
inapropiado en modo absoluto para aquel destino. A esto 
vino a sumarse, 15 ó 20 años más tarde, la insuficiencia 
manifiesta y sin solución ante las necesidades de la ciu- 
dad en incremento diario y constante. 

Un médico e higienista, el doctor Adolfo Brunel acon- 
sejaba en 1862 a la Junta E. Administrativa que si no 
podía sacar el mercado del lugar que ocupaba, procedie- 


35 



ra cuando menos a demoler la muralla de cintura, para 
ventilarlo y aliviar la numerosa población que vivía allí 
como en sótanos. 

La ventilación, sobre todo de las fondas y cafés ins- 
talados dentro del recinto, estaba en pugna con las más 
elementales leyes de higiene, incesantemente violadas, 
por otra parte, en cualquier lado. 

Porque el Mercado Viejo, y esto no es corriente sa- 
berlo, configuraba una verdadera colmena humana, de to- 
da edad, nacionalidad y color, repartida en el número de 
locales que en seguida enumero con cifras tomadas el 
año 1866. 

Pisos altos, 6 salones, 39 cuartos y 6 cuartitos. 

Pisos bajos, 48 cuartos, 1 cuartito chico y otro más 
chico todavía. 

Corredores del centro, 8 piezas de esquina y 52 cuar- 
tos. 

Frente de los corredores, 69 locales a la calle del 
centro y 14 de los alrededores. 

Círculo de los corredores. 62 puestos fijos y 48 carni- 
cerías. 

Galerías. 16 cuartos. 

A las diversas calles circundantes del edificio 38 ha- 
taciones. 

Añadiendo a todo lo enumerado 288 puestos volan- 
tes se alcanza a la suma de 696 locales arrendados para 
comercio o habitación. 

Descontando los individuos que atendieran sus pues- 
tos o negocios sin vivir en el recinto, pero tomada en 
cuenta, por otro lado la cantidad de individuos que vi- 
vían allí con toda su familia, estaremos en que ni lo de 
verdadera colmena es una hipérbole, ni los juicios del hi- 
gienista Brunel imaginaciones o palabras. 

El desaseo del Mercado Viejo era algo clásico y fue 
en aumento a medida que toda aquella vieja fábrica de 
piedras iba envejeciendo, infiltrándose de humedad las 


36 



paredes, desvencijándose puertas y ventanas, pudriéndose 
las cabezas de los tirantes y resquebrajándose los techos. 

He hablado otra vez de cierta novela de costumbres 
capitalinas, publicada en el folletín de un diario, en la 
cual se alude a las legiones de ratas que corriendo en el 
silencio nocturno del mercado, daban la sensación de la 
marcha tumultuosa de un arroyo fuera de cauce. 

De nada servían reglamentos, ordenanzas ni multas: 
el mercado era un territorio de nadie poblado de gente 
mezclada y de mal arrear, característica. 

Un domingo del mes de setiembre de 1866 —he leí- 
do la respectiva denuncia— se carneó públicamente una 
vaca en la calle Juncal entre Sarandí y Buenos Aires, dán- 
doseles a los matarifes medio comino de inspectores, co- 
misarios ni milicos. 

Algunos funcionarios policiales o municipales en ca- 
rácter de encargados del mercado, tomaron varias veces 
la iniciativa de mejorar el estado de la casa asociando al 
corto aporte oficial el concurso de los propios locatarios. 

En 1859 cierto comisario del mercado de nombre 
Pantaleón Méndez Caldeira, promovió una suscripción con 
tan buen éxito que las cosas fueron desde el cambio del 
empedrado infernal de la calle central, cambiado por 
un veredón de piedra loza has^a la compostura del des- 
cabalado cuadrante solar que daba espalda a la Pasiva, 
y desde la construcción de brocal para los aljibes hasta la 
colocación de tapas en los desagües y albañales “por don- 
de salía tan funesto olor que impregnaba la carne y hacía 
pensar que estuviese corrompida”. 

Investían los comisarios de mercados dobles funcio- 
nes edilicias y ejecutivas que la jefatura política respal- 
daba y reforzaba llegado el caso. 

El robo en el peso y el engaño en cuanto a la cali- 
dad de los artículos eran inveterados, pero asumieron al- 
gún día proporciones tan escandalosas que, en 1858 el 
ministro de gobierno general Antonio Díaz, creyóse en 


37 



el caso de avivar el celo de la Junta E. Administrativa 
exhortándola a establecer una oficina de repeso y a nom- 
brar inspectores "inteligentes y celosos” que practicasen 
el constante examen de los géneros en venta. 

Aunque moroso el Municipio prohijó finalmente la 
idea ministerial y la oficina de repeso fue instalada al 
año siguiente, señalando su ubicación una chapa de már- 
mol con el escudo nacional en relieve (ahora en el Mu- 
seo Histórico) trabajo del francés Guillermo Bazerque, 
cuyo taller estaba en el mismo edificio pero con frente a 
la Plaza Independencia. 

Tantos y tan distintos eran los ramos de actividad 
mercantil representados en aquella populosa feria por pa- 
tios, corredores y habitaciones de la degradada fortaleza 
que inventariarlos resultaría larga tarea. 

Digamos no más que se recorría toda una escala de 
la ferretería de Mojana a la imprenta de El Uruguay, de 
la fotografía de La Libertad, de Martinoli, hasta la libre- 
ría de la Maravilla Literaria y desde el puesto en que se 
vendían bolas de pororó hasta el cuarto y último de la 
derecha, rumbo a 18 de Julio, donde Francisco P. Piria, 
el futuro millonario de los terrenos a plazo y de los bal- 
nearios del Este, pregonaba en liquidación unos famosos 
sobretodos bautizados por él con el nombre de Reming- 
ton. No traducido en hechos el acuerdo del presidente 
Berro y su ministro Nin Reyes, fecha 12 de enero de 
1864, por el cual necesitando el gobierno destinar a usos 
de servicio de la nación la antigua fortaleza, se solicitaba 
de la Junta E. A. de la Capital el desalojo en el más bre- 
ve tiempo posible del expresado edificio. El Mercado Vie- 
jo subsistió hasta que vino a reemplazarlo el actual Mer- 
cado Central, abierto al público en 1869. 

La vieja ciudadela de los españoles, inútil entonces 
para todo, fue demolida en 1876-77, durante la dictadura 
de Latorre destinándose el área que cubría para ensan- 
che de la Plaza Independencia. 


38 



EL TEMPLO INGLES 


El primero de enero del año 1844, séptimo del rei- 
nado de la reina Victoria y primero del Sitio de Monte- 
video por el general Manuel Oribe, el comodoro Juan 
Brett Purvis comandante en jefe de los navios y buques 
de S. M. B. en la costa este de Sud América, colocó en 
el Cubo del Sur, de las antiguas murallas españolas, la 
piedra fundamental del Templo Inglés o, más propiamen- 
te, de la Iglesia Episcopal Británica de Montevideo. 

Era ese templo el primer templo protestante que se 
edificaba en tierras de América independiente, indepen- 
diente y libre políticamente, pero todavía no emancipa- 
da y libre en el plano superior de la liberación de las 
conciencias. 

El director proyectista de la obra, Antonio Paullier, 
puso en manos del distinguido y caballeresco marino, 
una cuchara de albañil y una maceta de madera. Y el co- 
modoro dijo: 

"En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu San- 
to, un solo Dios bendito por siempre, pongo el fundamen- 
to de la Iglesia Protestante, que será llamada general- 
mente y conocida con el nombre de la Santísima Trini- 
dad cuando sea terminada esta noble obra”. 

Y golpeando tres veces la piedra con el mazo repitió 
tres veces: asíl asíl así! 

Una caja conteniendo varias monedas de circulación, 
medallas y objetos adecuados o alusivos al acto, había si- 
do depositada previamente en una concavidad de la pie- 
dra y cubierta con una lámina de plata en que estaba 
grabada una larga leyenda que recordaba el acto y hacía 
constar que "el terreno del sitio y el edificio eran dona- 
dos como acto espontáneo y en cumplimiento de un hu- 
milde y ardiente deseo” por D. Samuel Fisher Lafone, 
residente inglés y acaudalado hombre de negocios. 


39 



Entre las medallas de k caja iba una de plata, del 
tamaño de las actuales monedas de cincuenta centésimos, 
conmemorativa de los triunfos militares del general Rive- 
ra, presidente de la República, grabada por el artista fran 
cés Agustín Jouve, que entregó al Dr. Joaquín de la Sa- 
gra y Perís, primitivo propietario del solar. 

Junto con la medalla depositó el Dr. de la Sagra el 
breve discurso que había leído y en el cual formulaba 
votos "por que los tiempos respetaran tanto la duración 
del nuevo edificio que ese día fuera la última vez que sus 
frases fueran leídas*. 

Dentro de poco tiempo, sin embargo, y próximo a 
cumplirse el 91 ? aniversario de aquella ceremonia, hon- 
rada con la presencia de las más altas autoridades de la 
República, la piedra fundamental del templo levantado 
"al Dios de la Paz* —la piedra con su larga leyenda abier- 
ta— verá de nuevo la luz del sol de Montevideo, cuando 
esté demolida ya, a ras del suelo, la sólida fábrica del 
templo. 

No ha sido, sin embargo, el rigor del tiempo ni el 
daño humano quienes atentasen contra esa casa símbolo 
permanente de la tolerancia y del magnánimo corazón 
de los próceres de la Defensa de Montevideo y testimo- 
nio vivo de la fe de unos hombres emancipados. 

"El templo dedicado al culto de Dios Todopoderoso 
como está la verdad en Jesús* desaparece solo momentá- 
neamente por el lapso que sea necesario para recons- 
truirlo a mérito de breve sacrificio en aras del progreso 
de la capital. 

Por el solar que da frente a la desaparecida calle 
Santa Teresa y fondo al Cubo del Sur debe pasar la nue- 
va amplísima y hermosa rambla costanera. 

Frente por frente a él, en el espacio que limitan la 
futura Avenida Norte y las calle Treinta y Tres, Brecha y 
Reconquista, el Templo Inglés será reconstruido tal cual, 
idéntico a sí mismo, sin más diferencia que estar de aho- 


40 



ra en adelante de frente al mar y un poco más próximo 
de la brecha abierta por los ingleses sitiadores de 1807. 

Un poco más cerca todavía del lugar, “en que el ge- 
nio de la guerra —transcribo el discurso del Dr. Sagra 
“testigo de ambos sucesos” en 1844— hizo correr mezcla- 
da con la nuestra la sangre de la nación civilizada y ge- 
nerosa, que a las dos horas de tomada la plaza por asal- 
to, después de un combate encarnizado de trece días, en 
que murieron más de mil hombres de parte a parte, la 
seguridad de las personas y propiedades de los habitantes 
estaba tan garantizada como si tales desastres no hubie- 
ran sucedido”. 

Existe, efectivamente, entre los disidentes que tienen 
para sus ceremonias de culto el austero templo de la San- 
tísima Trinidad, el decidido propósito de reedificarlo no 
como se le conoció por todos hasta ayer, sino también 
ajustando la reconstrucción a los planos primitivos, de 
tal modo que el nuevo templo sea en verdad el viejo tem- 
plo de la mitad del siglo pasado, expurgando la fachada 
de los añadidos y variantes sufridas en posteriores refac- 
ciones. 

Pertenecen a esa serie, por ejemplo, la cruz que en 
la actualidad corona el edificio y que no figuraba en el 
primitivo y el símbolo de la Trinidad inscripto en el fron- 
tón que tampoco existía de antiguo, pues el ornamento 
primordial eran las tablas del decálogo radiantes. Tampo- 
co antes eran acanaladas las columnas dóricas del frente. 

AI costado Este de la nueva construcción, armoni- 
zando con los edificios suntuosos de la rambla, se eleva- 
rá asimismo un amplio “hall”, que como el actual con- 
tiguo al antiguo templo, perpetúe la memoria de Samuel 
Lafone. 

Sólo en una parte la reconstrucción no será absoluta, 
y entiendo referirme a las dos pequeñas torres del fon- 
do, que van a ser suprimidas. 

Se cree, con razón a mi ver, que estas torres aspi- 

41 



Ileradas y construidas fuera del estilo que impera en todo 
el edificio, debieron añadirse con vistas a ser utilizadas 
como defensas eventuales o para servicios de vigilancia 
o de señales. 

No es inverosímil la hipótesis. 

Los tiempos eran de guerra, las notas cambiadas en- 
tre el titulado presidente legal y el noble comodoro, acu- 
saban una tensión de espíritu capaz de desencadenar del 
todo la tempestad "porque —palabras de una nota de Pur- 
vis a Oribe— el honor y la dignidad del pabellón britá- 
nico le imponían el deber de exigir una declaración ca- 
tegórica de que las vidas y las propiedades inglesas se- 
rian respetadas tanto por mar como por tierra”. 



LA PLAYA CAPURRO Y SU BALNEARIO 


Convertido a estas horas en uno de los más impor- 
tantes centros de la actividad industrial capitalina, Ca- 
purro, ha visto cumplido su destino. 

Nacido bajo el signo de Mercurio, es bajo ese mis- 
mo signo como llegó a lo que es. 

Las cosas tienen, indudablemente, su destino. 

La iniciativa progresista de los hombres de empresa 
que con su apellido dieron denominación a esta playa y 
la zona circunvecina, estuvo orientada desde el primer 
momento en un claro sentido. 

Retoño, los hermanos Capurro, de un tronco vigoro- 
so —Juan Bautista Capurro, figura notoria en la vida de 
negocios de Montevideo— eligieron para base de las nue- 
vas actividades a emprender, la innominada playa que 
blanqueaba al sol entre la playa Honda y la desemboca- 
dura del arroyo Miguelete. 

Las formaciones geológicas que respaldaban lo que 
luego fue Capurro eran de lo más atractivo que podía 
ofrecer a los ojos la excavada media luna de la bahía. 

Barrancas a pico, a las cuales el tiempo trabajaba per- 
severante degradándolas en tarea secular, formaban una 
especie de enorme anfiteatro coronado de un festón de 
ombúes magníficos, de los cuales todavía hay bellos ejem- 
plares en pie. 

Un poco más en rumbo al Cerro, las perspectivas 
cambiaban: la desembocadura del histórico Miguelete 
ofrecía el panorama desolado de esas regiones ambiguas 
y hostiles —ni tierra ni agua— en que el agua y la tierra 
parecen luchar por un predominio impuesto desde arri- 
ba. 

En los días iniciales de la actividad industrial de Ca- 
purro, una imponente mancha de verde oscuro, casi ne- 
gro, ponía una exótica pincealda de vida allí donde las 

43 



barrancas y las márgenes del arroyo venían a confundir- 
se. Eran los pinos, apretados como en un enoi^ne vivero, 
de una vieja quinta de los Mac-Eachen, que se conocía 
por "Xa Sirena". . . 

Era la época de Reus. La fiebre de los negocios mar- 
caba sus grados más altos. Ningún proyecto, ninguna ini- 
ciativa, parecía desatentada o imposible aquellos años fi- 
nales de la década 1880. 

No faltó el proyecto de un amplio y lujoso hotel bal- 
neario que debía construirse en la playa Honda. 

La costa Sur aun no tenía conquistada la categoría 
monopolizadora que conquistó luego. 

Montevideo permanecía aún de cara al Norte, ufa- 
na con plena razón de su Paso del Molino y del cinturón 
de flores que lo ceñía. 

Un poco más y una espantosa crisis de negocios aba- 
tió el país como un cataclismo geológico: Capurro y sus 
nuevas fábricas y destilerías —plantel de esperanzas- 
fueron arrolladas por la tromba . 

Había que esperar la nueva hora en el reloj del des- 
tino. Esperarla confiadamente porque estaba marcada y 
es la hora actual en que cuenta como centro de las adtfc 
vidades de la Ancap. 

Pero en el intermedio, largo intermedio, cuyo fin ape- 
nas alcanzaron a vislumbrar los esforzados varones cuyo 
apellido individualizó el arenal, la playa Capurro regis- 
tra todavía un capítulo singular, en la tentativa de la ex- 
tinguida Sociedad Tranviaria La Transatlántica, de crear 
al abrigo de las barrancas y de los ombúes, un parque 
moderno y un balneario de aguas mansas, al que las vis- 
tas de la bahía y el esplendor de las puestas de sol, aña- 
dían promesas de beldad incomparable. 

Esteban A. Elena, director gerente de la empresa, 
fue el alma de la iniciativa y su realizador Juan Veítroni, 
técnico italiano de arquitectura, hizo los planos y alineó 
los jardines. 


44 



Surgió asi, a principios del siglo, el primer parque de 
calidad arquitectónica y plan moderno que conociera la 
capital, cuyas luces prodigadas de modo inverosímil die- 
ron —por varias estaciones— una nota poética, brillando 
en el fondo oscuro de la bahía como un meteoro, imán 
de la mejor sociedad montevideana. 

Pero, las obras del puerto artificial habían modifica- 
do mucho el régimen de aguas de la bahía y las playas 
interiores como la de Capurro se resentían de esas influen- 
cias, que Ies robaban arena y en cambio enturbiaban las 
aguas. 

De esta manera la costa Sur concluyó por triunfar y 
el parque Capurro es, ahora, nada más que un recanto de 
paz al amparo de los árboles que se han hecho altos co- 
mo los ombúes de la barranca. 

Pero nada ni nadie le quitará lo que es su gran en- 
canto y su secreto: la belleza de los horizontes que lo 
circundan y la decoración de sus puestas de sol, no re- 
petidas nunca y rivalizando en belleza un día v otro día. 


45 



LA LOTERIA DEL HOSPITAL DE CARIDAD 


Es indudable que si hay alguna especie o cosa de 
sello nacional que tenga labrados crédito y prestigio in- 
conmovibles, no digamos ya en el propio país, sino en 
todos los pasíes extranjeros circunvecinos, esa especie es 
el billete de la Lotería del Hospital de Caridad de Mon- 
tevideo. 

Ciento veinticinco años de honrada vida justificarían, 
en cualquier caso, este consagrador prestigio en tierras 
de juventud y de experimentación tan conmovidas como 
han solido ser estas tierras americanas. 

Conforme a lo que dice De María, a fines de 1814, 
días del gobierno porteño, hubo aquí un ensayo de lote- 
ría de beneficencia, el cual no logró éxito, siendo necesa- 
rio que transcurrieran cuatro años más para que domi- 
nando entonces los portugueses el juego fuera restable- 
cido por iniciativa del gobernador Carlos Federico Le- 
cor, buscando modo de arbitrar recursos para el sostén 
de los Niños Expósitos. 

Desde 1815 existía la lotería llamada de cartones, es- 
tando a los datos aportados por Mario Falcao Espalter, 
pero solamente el año 17 el Cabildo Montevideano regla- 
mentó ese juego, a fin de que pudiese ofrecer garantías 
al público y a quien lo explotaba. 

A tales efectos, fijáronse normas minuciosas como, 
por ejemplo, el registro de los cartones llamados maes- 
tros en un libro especial: la pausa obligatoria después 
de cantar la tercer bolilla para hacer saber a los aposta- 
deros el producto de lo que iba en suerte, la facultad otor- 
gada a los jugadores de comprobar si “el líquido canta- 
do” confería con el valor que expresaban las listas de 
Cobro, rebatida la cuota perteneciente al Establecimien- 
to, etc. 


46 



El precio fijado a las primitivas cédulas —nombre 
que se daba entonces a los billetes— era el do un real y 
la venta se efectuaba en la calle por los loteros hasta lle- 
gar a un completo de ocho mil números. 

Los billetes dividíanse en cuartos y hasta en sextos, 
octavos y décimos, pero el público empezó a rechazar es- 
tos fraccionarios, quedando firme el clásico quinto. 

No existía fecha fija de extracción en la primera épo- 
ca. Se efectuaba previo aviso público, una vez agotadas 
las cédulas ,en acto público en la puerta del Hospital de 
Caridad, interviniendo un juez y un notario. 

En 1828, o sea cuando todavía los brasileños manda- 
ban en Montevideo, los programas habían cambiado, au- 
mentándose el valor del premio grande a 500 pesos, es- 
tableciendo 15 para las suertes menores a la vez que se 
introducían varios premios de irregular monto como 31, 
34, 40 y 45 pesos. 

Los premios, y así se comprueba en una advertencia 
que luce al pie del extracto, no siempre consistían en di- 
nero exclusivamente, pues la grande era, en ocasiones, una 
“chácara” o un solar de terreno en la ciudad nueva, en 
la quinta de Buschental o en la Unión. 

Pese al monopolio de los beneficios de la lotería de 
que disfrutaba la caridad pública, las autoridades, pre- 
vias las licencias y trámites del caso, solían conceder sor- 
teos excepcionales como los que disfrutaron la Casa rio 
Comedias y más tarde el Teatro Solís. 

La competencia de las loterías extranjeras y en espe- 
cial la de Buenos Aires, establecida luego que la domina- 
ción rosista fue abatida, vino a perjudicar en gran esca- 
la la venta de la nuestra y fue celosamente interferida 
por el gobierno. 

En 1854 un edicto de 24 de abril, que firma el Jefe 
de policía José Gabriel Palomeque, prohibió en absoluto 
la venta de la lotería porteña, “atenta la justa queja ele- 
vada por los concesionarios defraudados en sus derechos”. 


47 



El decreto se publicaría por los diarios, además de 
su fijación en las esquinas para entrar en vigencia en pla- 
zo de 24 horas. Vencido el término, los particulares y 
las agencias que infringieran la disposición estaban incur- 
sos en multas de 25 pesos “aplicados a las obras de la 
Iglesia Matriz" 

Como la autoridad de la jefatura montevideana con- 
cluía en el límite de su jurisdicción y los billetes extra- 
ños tenían libertad para extenderse en el resto de la re- 
pública, el gobierno de Pereira tiró un decreto refrenda- 
do por el ministro Antonio Díaz, que tiene fecha 10 de 
setiembre de 1858, de acuerdo con cuyas disposiciones 
quedaba prohibida, a contar de ese día, la venta de lote- 
rías extranjeras “en todo el territorio nacional". 

Por el artículo 2 9 los jefes de policía hallábanse fa- 
cultados para mandar inutilizar la totalidad de los bille- 
tes incluidos en la interdicción que se expendieran en 
sus respectivos departamentos, imponiendo a los contra- 
ventores una multa de veinte pesos fuertes que se desti- 
naban a beneficio del Hospital de Caridad y debían re- 
mitirse oportunamente a la Junta E. Administrativa de la 
Capital. 

En esa época el Hospital corría a cargo de la corpo- 
ración municipal, existiendo una comisión especial dele- 
gada. 

Fue en la presidencia de Pereira, igualmente, cuan- 
do, por expiración del término señalado al contrato para 
el remate de Loterías de Cartones y Rifas Públicas, cesa- 
ron estos juegos en el Estado desde el 3 de enero de 1859, 
por disposición gubernativa. 

Aplicados siempre a fines de beneficencia, sea que 
la lotería se manejara directamente por el Estado, sea 
que se sacara a remate o licitación su arrendamiento, y 
entonces eran particulares quienes oblando al tesoro de 
caridad una cantidad determinada, corrían con la admi- 
nistración del juego bajo el consiguiente contralor oficial, 


48 



hubo un momento en que, mudándose en cierta forma 
el destino de los fondos del juego, se dispuso de ellos pa- 
ra hacer frente a lo que se presentaba con caracteres de 
máxima urgencia. 

“Montevideo, enero 25 de 1865. 

“En la imperiosa necesidad de disponer de todas las 
rentas fiscales, cualquiera sea su origen y aplicación, a 
fin de ocurrir a las erogaciones que demanda el estado 
de guerra que soporta la República, el P. E. en consejo 
de ministros ha acordado y decreta:” 

“Art. l p — Procédase a la enajenación de las rentas 
de lotería, para con su producto atender a las premiosas 
exigencias de la administración; sin perjuicio de destinar 
la parte necesaria al sorteo del Hospital de Caridad". 

“2 9 — Autorízase al Ministro de gobierno para dar 
cumplimiento al presente decreto. Firmados: Aguirre, An- 
tonio de las Carreras, Silvestre Sienra, Jacinto Susviela, 
Eustaquio Tomé”. 

El triunfo de la revolución del general Flores, ocu- 
rrido al mes siguiente, retrajo las cosas a su primitivo es- 
tado. 

El sistema de sorteos de la lotería, lo mismo en la 
primitiva época cuando tenía lugar en el edificio del pro- 
pio Hospital, como en los días en que más tarde se lle- 
vó a cabo en el atrio de la Matriz, siempre habíase regi- 
do por el método elemental copiado de Europa. 

Efectuábase la extracción valiéndose de cinco mu- 
chachos llamados “sorteadores” los que, puestos en fila, 
sacaban de una bolsa el primero las unidades de mil, el 
segundo las centenas, el tercero las decenas, el cuarto las 
unidades componiendo de esta manera el número tal. El 
quinto era el encargado de desinsacular los premios. 

Semejante método sobre demorar extraordinariamen- 
te el trabajo, aparejaba el gravísimo inconveniente de que 
permitía salir números repetidos, con el trastorno imagi- 
nable. 


4 » 



Desde el viernes 31 de enero de 1881 el sistema de 
sorteos cambió de modo absoluto, siendo administrador 
de la lotería Bernabé Quiñones. 

Con esa fecha entraron a funcionar dos globos, uno 
de números y otro de suertes, accionados mecánicamente. 

Eran grandes esferas de bronce y vidrio, construidas 
por Marchal, Carmiati y Ricard, fundidores y mecánicos 
con establecimiento en la calle Mercer N‘ 207. 

Un numeroso público fue testigo de la inauguración 
del nuevo sistema y todos los concurrentes al sorteo sa- 
lieron de allí con el convencimiento de la seguridad y de 
la sencillez de los mecanismos que permitían proceder 
en todo a la vista del público, en juego limpio. 

Muchos y muy curiosos detalles referentes a la lo- 
tería tengo anotados en mis largas excursiones a través 
de la prensa, por años y años consecutivos, pero esta vez 
—como ya va largo— me voy a limitar al relato de un ca- 
so, que posee la calidad de totalmente único en los ana- 
les de nuestro acreditado y popular juego. 

Al sortearse la lotería de 50.000 pesos el 19 de se- 
tiembre de 1887, el primer número salido del globo, que 
fue el número 6035, sacó la grande, así fulminante. 

Excuso hacer crónica del revuelo y de los comenta- 
rios públicos a que dio origen una casualidad semejante, 
y me circunscribo a considerar tan sólo el alivio que ella 
importaría para los escribanos y funcionarios del contra- 
lor que asisten a cada sorteo con la pesadilla de que las 
cosas no puedan estar dispuestas en debida forma, sea 
por falta de una bolilla o por cualquiera omisión o des- 
cuido semejante. De este modo y en ese estado de ánimo, 
a medida que el sorteo va adelantando sin que los pre- 
mios mayores —especialmente— se hagan presentes, la 
preocupación de los notarios y empleados va subiendo 
por grados. 


50 



Y no hace mucho, me parece que este mismo año, 
un día que la grande salió cuando sólo quedaban 14 bo- 
lillas de números, aquellos subieron en escala tan alar- 
mante que nuestros hombres se hallaban próximos a su- 
dar tinta. 


51 



PRIMERA EXPERIENCIA 
TELEGRAFO ELECTRICO 


Los progresos del telégrafo eléctrico en su etapa ini- 
cial no fueron como para ilusionar a nadie. 

Después de las tentativas coronadas de éxito hechas 
por Steinheil de Munich en 1837, el invento se arrastró 
ante la desconfianza general, en vez de obtener la aco- 
gida que merecía. 

Sólo la necesidad de emplearlo como esencial com- 
plemento para la marcha de los ferrocarriles que princi- 
piaban a extenderse contemporáneamente, pudo al fin 
imponer el telégrafo con calidad de obligatorio. 

Los postes telegráficos, sin embargo, no conseguían 
separarse del paralelismo de los rieles sino a duras penas, 
aun mismo en Estados Unidos, donde propugnaba por 
sus invenciones y privilegios todo el prestigio de Morse. 

En Francia el nuevo sistema era resistido a punto 
que solamente en 1844, merced a la perseverancia y a la 
elocuencia persuasiva de Arago se establecieron las co- 
municaciones telegráficas entre París y Rúan. 

Respecto a Latinoamérica, y según datos que se tie- 
nen por verídicos, en 1855 —año en que se experimentó 
el invento en Montevideo— únicamente era conocido el 
método en Río Janeiro y en Valparaíso. 

Cuando el 2 de marzo del 55, en lo más enconado 
de la Guerra de Crimea, falleció en San Petesburgo el 
zar Nicolás I, víctima de una repentina parálisis de los 
pulmones, los diarios de París reflejaban su admiración 
ante el prodigio del telégrafo eléctrico que había permi- 
tido a la capital conocer en horas de la noche el deceso 
del autócrata, ocurrido a las 10 de la mañana del mismo 
día. 


52 



En seguida de muerto Nicolás, trasmitióse la nueva 
a la reina de Holanda, que era su próxima parienta, y 
ésta tuvo la noticia en La Haya a la hora 13. ’ 7 

Retrasmitida a París, llegó de noche y tuvo tiempo 
de salir en el Monitor oficial del 3. 

Los montevideanos —con sobra de motivo— compar- 
tieron entonces la admiración de los parisienses, al ente- 
rarse del prodigio por los diarios de Francia, bien ajenos 
a que no pasarían cinco meses sin que ellos mismos pu- 
diesen atestiguar de vista semejante milagro. 

Cupo el mérito de la introducción del método a un 
francés “magister artium” Adolfo Bertonnet, durante la 
presidencia del general Venancio Flores, en julio de 1855. 

Adolfo Bertonnet, mecánico armero, había venido al 
Uruguay contratado en París por Melchor Pacheco y 
Obes, agente diplomático de nuestro gobierno, para pres- 
tar servicios facultativos en el parque de artillería de 
Montevideo sitiado. 

Pasaba el francés una mala época de su vida cuando 
se le cruzó en el camino el general. 

Arruinado en sus negocios por la revolución del 48, 
concluía de enterrar a su mujer en esos días. 

Solo, y sin perspectivas de trabajo remunerador, con- 
sideró excelente la oportunidad, para ir a tentar fortuna 
en aquella América —lejana y heroica— que la verba en- 
cendida y eficaz del diplomático uruguayo, le repitió, a 
buen seguro, con carga de esperanzas y de colores. 

Asimilado a Sargento Mayor, corrió a cargo de Ber- 
tonnet la dirección de la maestranza del ejército de la 
Defensa, hasta el ajuste de la paz del 8 de octubre. 

Las buenas relaciones hechas en la capital y la gran 
competencia demostrada en su especialidad y en ramas 
afines, permitieron a Bertonnet trabajar por cuenta pro- 
pia y ser el contratista de la confección de la medalla 
otorgada a los vencedores de Caseros, concluyendo lue- 
go por establecerse con una armería, de las más surtidas 
y de crédito de la capital. 


53 



El año 1854 en vísperas de embarcarse para Fran- 
cia, donde buscaba ampliar el radio de sus negocios, con- 
trajo nuevo enlace con la señorita Servanda Gómez, bas- 
tante menor que él, hija del general de la independencia, 
del mismo nombre y apellido. 

Entre las muchas cosas que le fue dado ver en el 
viaje por aquella su patria nueva y resplandeciente don- 
de se iniciaba “la fiesta imperial”, tan distinta de la Fran- 
cia encogida y sin brillo de Luis Felipe, el telégrafo y 
sus adelantos llamaron profundamente la atención del ar- 
mero. 

La línea que venía de tenderse a través del canal 
de la Mancha, sobre todo, le sugirió la posibilidad de 
realizar algo semejante entre Montevideo y Buenos Aires. 

Concebido el plan, abandonó por unos días a su mu- 
jer uruguaya, que se parecía a la emperatriz Eugenia, pa- 
ra trasladarse a Inglaterra y estudiar a fondo y en detalle 
el nuevo invento. 

Luego que tuvo dominada así la teoría como la téc- 
nica de los aparatos, adquirió un equipo completo, entré 
los más recomendados, y con él y muchas notas de carte- 
ra estaba de regreso en el Río de la Plata en los prime- 
ros meses de 1855. 

Varias personas de Montevideo en conocimiento del 
aporte material y los planes de Bertonnet lo estimularon 
para que diese forma concreta a sus proyectos, pues el 
maestro de artes era hombre de imaginación exaltada 
propensa a marginar la realidad. 

Algunos, tan optimistas como él, compartieron sus 
opiniones, sin duda e inmediatamente. 

José D. Pintos, periodista de la época y uno de los 
más capacitados de entonces, fue de aquellos. 

“Sería un gran día para nosotros, escribía, aquel en 
que la capital de la República pudiera comunicarse con 
Buenos Aires en pocos minutos. Mr. Bertonnet cree esto 
muy posible”. 


51 



Si era cuestión de fe, ellos la tenían. 

Pero necesitábase el concurso de los que tuviesen el 
coraje indispensable para plantear financieramente el 
asunto, arriesgando el dinero consiguiente. 

Lo mejor en ese sentido era difundir a la vista de 
todos el invento mismo. 

Nada convence más que los hechos. 

Estos, palpables e incontrovertibles, dirían a favor 
de la empresa mil veces más de lo que pudiera decir el 
francés con sus explicaciones y las experiencias de Eu- 
ropa. 

En ese plan de ideas preparó Bertonnet la realiza- 
ción de una primer experiencia, llevada a cabo en públi- 
co, en un circuito reducido, pero idéntico en todo, a lo 
que luego en gran escala y con aparatos idénticos debía 
hacerse en la escala correspondiente. 

Con tales miras se obtuvo primero la autorización ne- 
cesaria para tender por las calles de la ciudad una línea 
aérea que, partiendo de la casa del maestro armero, calle 
Colón número 105, y extendiéndose por las de 25 de Ma- 
yo e Ituzaingó y Plaza Constitución terminaría en el sa- 
lón de sesiones del Senado, en los altos del Palacio del 
Cabildo. 

El 10 de julio estaba lista la línea en su extensión 
total, aproximada, de novecientos metros. 

La central establecida en el domicilio del proyectis- 
ta la constituía una batería de pilas Daniel de dos elec- 
trolitos de efecto constante que formaban cuatro cilin- 
dro de barro blanco, poroso, con una solución débil de 
sulfato de cobre y metidos dentro de otro vaso de vidrio, 
donde había una solución salina. 

Quince pilas para cada hilo o “telégrafo” según de- 
cía Bertonnet, eran bastantes para accionar a distancia de 
75 leguas. 

La trasmisión se iniciaba llamándo a la estación re- 
ceptora por medio de una campanilla eléctrica hasta qüe 

55 



el movimiento de una aguja girando delante de la esfe- 
ra en la cual hallábanse escritas las letras del alfabeto, 
daba a conocer que la interesante inteligencia" se ha- 
bía establecido. 

La noche del 16 de julio tuvo lugar una prueba de 
ensayo, privada y de mero examen que a la mañana si- 
guiente se repitió. 

Comenzando a las 9 trasmitiéronse más de doscien- 
tas palabras a través de una distancia calculada alrede- 
dor de las mil varas que separaban ambas estaciones. 

No hubo la mínima dificultad ni surgió tampoco in- 
conveniente de especie alguna. 

Se podía, entonces, afrontar con ánimo tranquilo una 
experimentación oficial y en público. 

El aviso que transcribo anunció el día y la hora del 
ensayo: 

Telégrafo Eléctrico 

"El domingo 29 del corriente empezará la exhibición 
pública de ese invento por primera vez introducido en la 
República". 

"Los primeros ensayos serán hechos en presencia del 
gobierno, que por favor especial, puso la sala del Senado 
a disposición de la empresa”. 

TLas personas que deseen conocer y probar la vali- 
dez del teléfrago eléctrico hallarán boletos al precio de 
cinco reales en las casas de Mariot, 25 de Mayo; Lasnier, 
fuera del Mercado; Café de los Ómnibus; la Confitería 
Oriental; Crampet, café de la Renaissance, fuera del Mer- 
cado". 

"Habrá correspondencia todos los días desde las 12 
a las 3 de la tarde entre el Senado y la casa 105 de lé 
calle Colón”. 

Entiendan que por fuera del mercado quería decir 
en la ciudad nueva, más al Este de la calle Florida 
actual. 


56 



Conforme al aviso, las pruebas oficiales comenzaron 
el domingo, en presencia del presidente de la República, 
general Venancio Flores, del encargado de negocios de 
Francia Martín Maillefer, del general Francisco F. da 
Fonseca Pereira Pinto jefe de la División Brasileña Auxi- 
liar, legisladores, altos funcionarios públicos y cantidad 
de personas de las más espectables de Montevideo. 

Así que la "correspondencia” se comprobó, el opera- 
dor del Cabildo trasmitió como primer comunicación el 
siguiente texto: 

"Aquí está su excelencia el Presidente de la Repúbli- 
ca”. 

Rápido. — "con la rapidez del pensamiento” dice un 
cronista testigo, — la estación de la calle Colón donde 
estaba Bertonnet, respondió: 

¡Viva el señor Presidente de la República, protector 
de nuestra población francesa!” 

El Cabildo tornó a telegrafiar: 

"jViva Francia! ¡Viva el Emperador!” 

Colón contestó: 

"¡Viva la República Oriental del Uruguay!” 

Tal fue el texto, conservado gracias a los diarios de 
la época, de los cuatro primeros despachos cruzados en 
nuestro país por medio del telégrafo eléctrico. 

Continuando las comunicaciones por espacio de tres 
horas, se pasaron mensajes, casi todos en forma de salu- 
dos o de preguntas y respuestas. 

Se puede dar razón de algunos, tratándose de perso- 
nas de destaque entre los asistentes. 

El doctor José Gabriel Palomeque, formuló desde el 
salón del Senado un despacho concebido en estos térmi- 
nos: 

"La libertad se encuentra en el recinto donde esta- 
mos” 

Desde la casa de Bertonnet respondieron: 


57 



“En ese recinto también se encuentra la gloría pues 
vemos en él al general Flores'". 

El doctor José Félix Antuña en unión con Pedro Na- 
varro pasaron un mensaje: 

“Nuestros respetuosos saludos al señor Presidente de 
la República". 

Flores hizo contestar: 

“Se agradece el saludo”. 

Quedaron los testigos de las experiencias sencillamen- 
te maravillados del invento, reconociendo todos que era 
preciso divulgarlo por el país y principalmente para co- 
municar las dos capitales platenses. 

Al día siguiente, sin embargo, fue menester inte- 
rrumpir las demostraciones prácticas y por consecuencia, 
la difusión del método telegráfico. 

Se había planteado una curiosa cuestión. 

Algunos miembros de las Cámaras manifestáronse 
desagradados por el hecho irregular y quien sabe si per- 
mitido en estricta moral, de que el recinto legislativo es- 
tuviese convertido en sitio de comercio “donde se cobra- 
ba cinco reales de entrada”. 

La peregrina observación halló quienes la contradi- 
jeran entre los mismos colegas de los desconformes. 

—No se trata de un negocio, sino de una cuestión 
científica, había dicho un diputado. 

— [Qué me importa a mí de la ciencia! le había res- 
pondido uno de los puritanos. 

El diálogo recogido por los diarios trascendió, pero 
quedando en el secreto quien fue el espíritu fuerte del 
rotundo no me importa. 

Protestaron algunos papeles públicos, a su tumo, con- 
tra el excesivo escrúpulo ae los legisladores, aduciendo 
que nada podía darse más edificante que “convertir, co- 
mo se había hecho, el recinto de la Ley en santuario de 
la Ciencia”. 

A qué tantas alarmas, se añadía por otros... ¿Era 


58 



comparable el telégrafo eléctrico, el progreso y la cien- 
cia cobrando una pequeña cuota para sufragar sus propios 
gastos de instalación, con el escándalo de sortear la lo- 
tería, como se venía sorteando hasta entonces, en el atrio 
de la misma Iglesia Matriz? 

Sea como fuese, Bertónnet tuvo, por más prudente, 
evitar toda cuestión y suprimiendo la estación del recin- 
to del Senado, la trasladó al salón de familias de la Con- 
fitería Oriental de Carlos Narizzano, ubicada en la calle 
25 de Mayo número 195. 

Las experiencias reanudáronse allí el 2 de agosto 
desde las 12 a las 15 y por la noche de 18 a 21, siembre 
con afluencia de público. 



EL TELEGRAFO ELECTRICO 


El telégrafo, una de las positivas rííaravillas de este 
ahora calumniado Siglo de las Luces, data en nuestro 
país del Gobierno Provisorio de Flores. 

Las gestiones para su establecimiento se remontan, 
no obstante, a la presidencia de Berro ante el cual la fir- 
ma inglesa que integraban Juan Proudfoot y Mateo Grav 
solicitó la aprobación de un proyectó para tender una lí- 
nea telegráfica submarina entre Montevideo y Buenos 
Aires. 

Con anterioridad habíanse promovido solicitudes de 
concesión —algunas amplísimas y casi fantásticas— que 
por eso mismo no tuvieron andamiento. Las comunica- 
ciones telegráficas estaban ya entonces ampliamente di- 
fundidas en Estados Unidos y en Europa occidental y 
tan por encima de lo que íbamos a tener aquí como pro- 
digioso que a la hora de 1866 en que principió a funcio- 
nar la línea Montevideo - Buenos Aires el cable transa- 
tlántico Norte América - Inglaterra descansaba en las pro- 
fundidades del océano. 

Cyrus West Field, el famoso industrial yankee, alma 
de la compañía del cable intercontinental, había visto 
realizado ya su extraordinario propósito al cabo de trece 
años —1853 - 66— de afanes y por encima de todos los 
inconvenientes y fracasos y el destino le tenía reservada 
todavía la satisfacción de contemplar el ligamiento por 
otro cable semejante a través del océano Pacífico, de San 
Francisco de California con las remotas islas de Sand- 
wich, en 1871. 

Cuando Jorge Hall, por Proudfoot y Gray volvió so- 
bre sus gestiones de concesión en marzo de 1865, poesía 
ya el privilegio correspondiente del gobierno argentino, 
y ambos privilegios debían ser uniformes. 


60 



Los empresarios establecerían el cable y lo explota- 
rían con exclusividad y por un término no excedente de 
quince años a contar desde el día en que empezara a fun- 
cionar "la vía eléctrica” entre ambas capitales platenses. 

Los servicios se librarían al público en término de 
dieciocho meses de formalizado el contrato. 

Aparte del contenido de estas cláusulas, numeradas 
la. y 8a. otras seis referíanse a cuestiones anexas o co- 
rrientes sobre liberación de derechos de aduana, autori- 
zación para colocar postes, rebaja de tarifas oficiales, 
etc. etc. 

El fiscal de gobierno, doctor Plácido Ellauri, a quien 
se dio vista del asunto, objetó alguna cláusula más bien 
—supongo— con espíritu de oficio que con razonables 
fundamentos, excepción hecha de aquella en que llamaba 
la atención sobre el término de 15 años excedente a los 
8 que establecía con carácter general una ley de 1853. 
Entendía por lo demás el magistrado que al fin de la 
concesión el telégrafo debía quedar a beneficio del Fis- 
co” y que debía establecerse una multa de 1.000 pesos en 
caso de incumplimiento por la empresa. Los proponentes 
impugnaron esas observaciones y como en verdad no te- 
nían un fundamento serio el gobierno "usando de las fa- 
cultades ordinarias y extraordinarias que investía” aprobó 
la concesión en los términos de la primitiva solicitud, 
disponiendo se expidiese a los interesados la respectiva 
patente de conformidad con lo prevenido por la ley, con 
fecha 25 de abril de 1865. 

Diez días faltaban para completarse los 18 meses al 
fin de los cuales, según rezaba el contrato, la línea debía 
hallarse lista, cuando el 15 de octubre de 1866 funcionó 
por primera vez la línea telegráfica sub-platina entre La 
Colonia y Punta Lara en la Provincia de Buenos Aires, 
puntos de instalación de lo que Francisco Gibbs, comi- 
sario de órdenes de Colonia calificaba el "Fenómeno del 
Siglo"* 


61 



Gracias a la actividad del gerente de la empresa in- 
geniero Juan Oldhairt, que se multiplicó de modo invero- 
símil, y a la ayuda que prestaron los marinos de la caño- 
nera inglesa “Dottorer de estación en nuestras aguas y 
destinada a naufragar luego en el Estrecho de Magalla- 
nes, sólo por esa conjunción de factores, digo, las cosas 
pudieron estar concluidas en término. 

Descontaba el ingeniero la seguridad de que obten- 
dría la prórroga que solicitaba, máxime no existiendo nin- 
guna cláusula primitiva, pero creía también que el orgu- 
llo inglés estaba comprometido siendo la puntualidad una 
de las grandes virtudes de su raza. 

Las líneas no estaban el 15 de octubre en grado de 
instalación definitiva, faltando ciertos tramos finales te- 
rrestres y los despachos tenían que ser conducidos a Bue- 
nos Aires por mensajeros expresos. 

El cable había costado 80 mil libras esterlinas y el 
precio de la línea calculábase en la época en medio mi- 
llón de pesos a razón de 25 pesos cada poste colocado v 
ligado. 

Inauguróse oficialmente el primer telégrafo del país 
el 28 de noviembre, día que se declaró feriado para Mon- 
tevideo, el cual asociándose a la fiesta del progreso em- 
banderó muchas casas e iluminó cantidad de frentes. 

La estación capital hallábase instalada en el flaman- 
te gran edificio de la Bolsa de Comercio donde acudió el 
gobernador General Flores con la correspondiente comi- 
tiva de ministros, altos funcionarios, edecanes y donde lo 
esperaban diplomáticos, cónsules, representantes del alto 
comercio, etc. 

Con la línea internacional entraban a funcionar en 
el país tres estaciones telegráficas aparte de las cabezales 
Montevideo y Colonia, y eran ellas Canelones, San José 
y Rosario. 

El resto de la República continüaría privado de las 
inmensas ventajas del nuevo y prodigioso sistema de co- 


62 



municaciones mientras el Ferrocarril Central y dos nue- 
vas empresas particulares no se encargaron de difundir- 
lo, uno a la vera de sus rieles y como servicio subsidiario, 
las otras dividiéndose respectivamente el centro Oeste y 
el Este del territorio. 

Merced a las líneas del ferrocarril, Las Piedras co- 
municaron por telégrafo en enero de 1869 y el poblado 
de “25 de Agosto” en 1872, pero estas líneas dependien- 
tes de la extensión de las vías, que adelantaban con 
enormes dificultades, no podían prestar sino un servicio 
mínimo. 

El telégrafo Platino Brasileño y el telégrafo Oriental 
tomarían su tumo en la extensión de los postes. 

La primera originan amente compañía anónima con 
sede directorial en Río Janeiro y con representantes le- 
gales en Montevideo y Buenos Aires, había obtenido sus 
privilegios en el Imperio del Brasil el 17 de julio de 
1872. 

Sus fines eran, primero, tomar a su cargo las conce- 
siones ya conseguidas de los gobiernos uruguayo y ar- 
gentino el 8 de enero y el 27 de febrero, respectivamen- 
te, el propio año 1872; segundo, contratar la red gene- 
ral de la provincia de Río Grande y otras provincias del 
Brasil y tercero, adquirir en su oportunidad y llevar a 
cabo la línea submarina entre Río Janeiro y Montevideo. 

El doctor Andrés Lamas (cuyas vinculaciones bra- 
sileñas eran grandes), y su hijo Pedro S. Lamas tuvieron 
gran participación en esta empresa habiendo sido ellos 
los que obtuvieron los privilegios en ambas repúblicas 
del Plata. 

La compañía transformóse en compañía inglesa en 
marzo de 1878, previa autorización imperial del Brasil. 

A partir de esa fecha el directorio asentó en Londres 
entrando a llamarse la empresa London - Platino - Bra- 
zilian - Telégraph, Comp. Limited. 


63 



Se abre delante de nosotros todo un largo capitulo 
de historia de la civilización nacional que será escrito 
próximamente. 

Por ahora, después de sabido cómo el telégrafo eléc- 
trico nos unió a la Argentina, vamos a ver cómo en un 
segundo paso más trascendente nos enlazó con Europa 
unos años más tarde. 

Fue el 17 de julio de 1871 cuando el gobierno del 
general Lorenzo Batlle concedió a los señores doctor don 
Andrés Lamas y don Pedro S. Lamas, la autorización 
necesaria para amarrar en tierras orientales —costa o is- 
las— el cable o cables del telégrafo submarino de que 
eran concesionarios por decreto del gobierno del Brasil 
del mismo año. 

Podrían los interesados establecer allí la estación 
central de la línea y comunicar dicha central con Mon- 
tevideo por vía aérea, submarina y subterránea permi- 
tiendo de este modo la comunicación directa de la capi- 
tal con Río Janeiro. 

Recién el 22 de agosto de 1873 dio principio la co- 
locación del cable submarino desde Montevideo. 

A la distancia impuesta por las piedras, el vapor 
“Mazeppa” que conducía el inmenso torzal de hilos de 
acero dentro de sus múltiples envolturas de protección, 
largó una punta del cable al remolcador que poco a po- 
co lo trajo a manos de los obreros que lo esperaban en 
la costa sur, para llevarlo al punto donde debía fijarse en 
tierra, en una casilla de la casa de Bastos en el extremo 
de la calle Zabala. 

Concluida esta operación previa, engorrosa y demo- 
rada, el “Mazeppa” hizo rumbo al Este dejando caer en 
el estuario las sucesivas brazadas de su carga. 

El 25, utilizando el propio cable, telegrafió por pri- 
mera vez; el 27 distante ya 80 millas de aquel puerto, a 
las 4 de la tarde, trasmitió de alta mar: "Pasa un vapor 


64 



grande de dos palos** y al día siguiente a las 7 de la ma- 
ñana volvió a comunicar diciendo “otro gran vapor a cien 
millas’*. 

Noticias sin objetivo ulterior desde luego servían 
únicamente para testificar que todo marchaba bien. 

Finalmente el 8 de setiembre el cable submarino 
hallábase amarrado en la costa brasileña del Chuy y la 
casa Seijo y Compañía de nuestra capital recibió un des- 
pacho de su corresponsal en aquellas soledades hacién- 
dole saber "que el cable era ya una realidad”. 


65 



EL TEATKO SAN FELIPE 


En 1870 los ingleses Miguel y Eduardo Mulhall, re- 
dactores del "Standard” de Buenos Aires escribieron del 
coliseo de la calle l 9 de Mayo: 

"El teatro viejo de San Felipe inmediato a la casa 
de Gobierno se dedica a la zarzuela o bufos franceses”. 

La casa de Gobierno —advierto entre paréntesis- 
era en ese tiempo el vetusto Fuerte en la actual Plaza 
Zabala. 

Si señalar la especial dedicación del teatro no era 
justo, en cuanto a despectiva, en lo de que era viejo y 
muy viejo, tenían razón los redactores del Manual de las 
Repúblicas del Plata. 

Pero, casualmente juzgaban el San Felipe en los 
años en que estaba próximo su último avatar. 

Tal vez resuelta ya su reedificación y pendiente na- 
da más de alguna consulta a su ausente propietario, un 
antiguo comerciante portugués, Don Juan Da Silva Fi- 
gueira Henriques, introductor de vinos y azúcar, que ve- 
nido con alguna plata del Brasil (temeroso de morir de 
fiebre amarilla, cuando la peste invadió aquel país) la- 
bró en la República una fortuna millonaria y más tarde 
retiróse a su patria donde falleció. 

Hablando de este modo he mencionado las obras de 
San Felipe llevadas a cabo en los años 1879-80. 

La historia global del teatro de la calle l 9 de Mayo 
entroncada en la historia de la primitiva casa de Come- 
dias, resumiría un enorme capítulo de la vida teatral 
montevideana. 

Plan demasiado vasto para una página periodística. 

Procuraré entonces, estructurarla con unas cuantas 
noticias casi ignoradas a la fecha, provenientes de mis 
particulares “Libretas” 



Ignoro por lo demás que exista bibliografía válida 
para traerla a contribución. 

Los historiadores de la capital haciendo lo que bue- 
namente podían, solo realizaron hasta ahora labor escasa 
y a veces —¡cuidado!— de una exactitud problemática. 

Conocido simplemente por el Teatro la denomina- 
ción de Teatro de San Felipe y Santiago data de fines 
de abril del año 1855, coincidiendo con las importantes 
mejoras introducidas en la incómoda y vetusta fábrica 
de cimiento colonial. 

Previendo lo que pasaría después, cuando el publi- 
co hizo apócope en el nombre para adoptar el más bre- 
ve de San Felipe, el coliseo, a raíz de su bautizo honran- 
do a los patronos celestiales de Montevideo se llamó en 
los primeros momentos Teatro de San Felipe. Sólo al- 
gunos días más tarde, se anunció como Teatro de San 
Felipe y Santiago. 

De acuerdo con el proyecto de un seudo técnico, el 
maestro pintor Antonio Casanova, los trabajos emprendi- 
dos en 1855 no se encaminaron sino a una reforma exter- 
na hasta donde lo permitiera la estructura básica del 
edificio y la introducción de ciertas comodidades a la 
vez elementales e imprescindibles. 

Entraba en este número la ventilación de la cazue- 
la donde a poco andar el aire tornábase irrespirable. 

A esos efectos se abrió en el frente una fila de ven- 
tanas pequeñas pero que compensaban las dimensiones 
con el número. 

Por donde no había compensación posible era por 
el lado estético. Muy necesarias y muy útiles aunque no 
resultaran de ojiva acabada, desdecían mucho con el nue- 
vo estilo de la fachada que pretendía de gótico. 

Pintándolas, apuntándolas y dándoles apariencia de 
mayores, el pintor hizo todo lo posible por traerlas a to- 
no. 

En la sala se sustituyó el papel de exaltados mati- 


ñ7 



ces por otro que en vez de absorber la luz la reflejara 
lo más posible y en los corredores se cambiaron por 
una docena de quinqués medianamente decentes —unos 
faroles que daban menguada claridad y humo en abun- 
dancia. 

La boletería —que se llamaba “Oficina de distribu- 
ción y venta de entradas”— señalada con el número 7 en 
la calle Primero de Mayo (a la sala correspondían los 
números 7a y 7b) fue mejorada dándosele la amplitud 
que faltaba a un postigo por donde apenas pasaba la 
mano, y resguardándola un tanto de la intemperie. 

Unica sala de espectáculos de Montevideo, la activi- 
dad del San Felipe era inusitada en las décadas centrales 
del 1800, turnándose en ella varias compañías a la vez, 
y en las representaciones más dispares imaginables. 

En 1856 —ejemplo que tomo al azar— actuaban dis- 
tribuyéndose los días de la semana una compañía dra- 
mática italiana, una de comedia española y una gimnás- 
tica y atlética de “grandes números”. 

No contándose con San Felipe “no había caso”. 

Y el dueño no se rendía fácilmente ni escuchaba ra- 
zones “de interés artístico superior”. 

Cuando vino a Buenos Aires el famoso pianista aus- 
tríaco Segismundo Thalberg a mitad del siglo pasado 
Montevideo no lo pudo oir, porque no logró entenderse 
con el dueño del teatro en el arriendo. 

La gente que esperaba al pianista suspensa y encan- 
tada, lo vio embarcarse para Río Janeiro, reacio a dejar- 
se desollar. 

Después de la inauguración del gran teatro Sol ís, las 
cosas cambiaron por la competencia, en todo sentido. El 
dueño del San Felipe vióse obligado a introducir en 1859 
una nueva serie de mejoramientos de fondo, tales como 
una fila de palcos balcones con lo cual su número llegó 
a 68 —sólo once menos que el Solís— e hizo colocar un 
reloj en el frente. 


68 



Marchó así nuestro segundo salón de teatro, el cual 
desde 1871, y pasando a tercer término, tuvo que sopor- 
tar en franca desventaja la rivalidad del flamante y do- 
rado teatro que en la calle Ituzaingó un comerciante es- 
pañol, Jaime Cibils, había hecho levantar y dado su 
nombre. 

El viejo don Juan Figueira, de quien hablé al prin- 
cipio, se había ausentado ya en esta época para Portugal 
donde vivió hasta los 94 años, y fue su sobrino y admi- 
nistrador Juan Henriques Figueira, quien determinó que 
dando por tierra con el vetusto caserón se edificara en 
el sitio un nuevo y cómodo teatro proyectado y cons- 
truido por el arquitecto José Claret. 

En mayo de 1879 la piqueta empezó a morder las 
viejas paredes y las nuevas dieron principio de inme- 
diato. El 22 de abril del 80 —la autoridad competente 
otorgó el permiso para librarlo al público. Empleáronse 
en la obra nada más que 115 días considerados como un 
tiempo record. 

Costaba el teatro —en números redondos— 50 mil 
pesos. La sala tenía cinco entradas, tres a la platea, una 
al paraíso y otra a la cazuela. 

La fachada de lineas clásicas estaba coronada por 
un motivo escultórico, y en sendos carteles leíanse los 
nombres de Shakespeare, Calderón, Comedle, Rossini, 
Mozart, Carlos Gomes y Arrieta. 

Dos órdenes de palcos, ampliados los bajos a expen- 
sas de la platea permitían a ésta encerrar 80 sillones y 
175 butacas. Una araña a kerosene con poderosos reflec- 
tores iluminaban muy bien la sala que había decorado 
el escenógrafo Coliva. 

El frente se duminaba a gas. Para complemento de 
comodidades, en la esquina de la plaza Zabala, conti- 
gua al teatro, se construyó un amplio edificio de dos 
pisos destinándose la planta baja a confitería y café. 

Habíase dicho que la nueva sala sería rebautizada, 

69 



por resurrecta Teatro Fénix pero nunca se tuvo propó- 
sito semejante y el teatro inauguróse el 1? de mayo de 
1880 —día de los santos patronos— con su nombre histó- 
rico* 

La fecha estaba ligada de modo tan indisoluble a la 
tradición de la casa que, año tras año, ese día se enga- 
lanaba la corta calle y la esquina que desemboca a 25 
de Mayo con banderas y gallardetes atravesadas de bal- 
cón a balcón. 

Una compañía española cuyos primeros actores eran 
Carmen Maldonado y Enrique García, llevó a escena en 
la noche inaugural, la conocida pieza "Los diamantes de 
la corona”. 

Como número previo la sociedad Coral Euterpe hi- 
zo oir un impecable y bien entonado Himno Nacional. 

Quedaba abierto desde esa noche un nuevo ciclo en 
la existencia del San Felipe, el cual duró hasta que lo 
echaron abajo al par que todos los edificios incluidos en 
la pequeña manzana recortada entre 25 de Mayo y la 
plaza Zabala con fondos a Solís, para construir el pala- 
cete Taranco, en la primer década del 1900. 

Fue una vida de un cuarto de siglo cuando menos, 
transcurrida en permanente actividad de la sala. Sala 
amable y familiar a un amplio sector de la ciudad vieja, 
cuya gente vio desaparecer con el San Felipe algo que 
le tocaba muy de cerca, llevándose consigo un gran 
montón de recuerdos gratos. 

Existencia monótona, en que las compañías de más 
variada especie se sucedían subintrantemente y que só- 
lo estuvo amenazada, y amenazada en serio, la vez que 
en plena fiebre de negocios del tiempo de Reus, la Com- 
pañía Nacional de Crédito y Obras Públicos deliberó 
alzar allí la gran sede de sus oficinas de acuerdo con 
un monumental proyecto de Tossi. 

Pero pasó la racha de inflazón y de delirio bursátil 
y San Felipe llegó a alcanzar los tiempos del cine. 

70 



Hoy domingo 23 de febrero (de 1902), dice un pro- 
grama que tengo a la vista: Empresa S. Villanueva y 
Cía, Espectáculos por secciones. El Gran Cinematógrafo 
Universal. El más perfeccionado de la América del Sur, 
con vistas en colores. 

En primera sección se pasaban las cintas de actuali- 
dades: Funerales de la Reina Victoria; Casamiento de 
Guillermina de Holanda; Llegada a Marsella del Pre- 
sidente Krüger. 

De las vistas a con colores” algunas merecían desta- 
que especial subrayándose: una barca en marcha (efecto 
sorprendente). La flor de la locura (espléndida). Cristo 
caminando sobre las aguas (de un efecto grandioso). 

Así es resumida la historia material del Teatro San 
Felipe. 

La vida teatral, intelectual y artística de la casa 
quedará a cargo de quien tome sobre sí esa tarea más 
larga que difícil, pero larga y engorrosa de veras. 

Tarea atractiva por eso mismo y por el tema en sí. 



EL CORDON Y LA AGUADA 


L*a calidad de plaza fuerte que tuvo Montevideo 
desde sus dias iniciales, traía ínsito el mantenimiento de 
unos alrededores despejados, cuando menos hasta el tiro 
de cañón. 

En esta natural defensa contra avances sorpresivos 
y emboscadas tuvo origen la formáción de los dos nú- 
cleos de poblado que se denominaron El Cordón y La 
Aguada. 

Ambos hicieron su vida más o menos precaria a 
merced siempre de los azares de la guerra. 

La Aguada con más características, probablemente, 
por su especial situación dentro de la bahía montevidea- 
na. Así su nombre aparece en una serie de decretos y 
disposiciones de las autoridades patrias. 

Fue como la antesala de Montevideo cuando la Pri- 
mera Asamblea Constituyente y Legislativa se acercaba 
por etapas a la capital de la recién nacida República. 

De San José a Canelones, de Canelones a La Agua- 
da. 

Aquí está datada la ley que creó el escudo nacional 
de 1829. 

Los antiguos planos de Montevideo y sus alrededo- 
res nos muestran las casas de las barriadas nuclándose 
apenas a los costados de la calle que ahora se denomi- 
na Agraciada o en líneas paralelas a la actual avenida 
18 de Julio. 

Durante la guerra Grande, tanto la Aguada como el 
Cordón quedaron dentro de las líneas de los sitiados en 
Montevideo. 

Una y otro, linderos con el campo invasor, fueron 
testigos de encarnizados encuentros de armas. 

La localidad denominada Las Tres Cruces, que era 


72 



la interpuesta entre el Cordón y la Restauración Oribis- 
ta, fue algo asi como un palenque para los bandos. 

La Aguada y El Cordón, convertidos en barrios in- 
tegrantes de la capital en fecha relativamente adelanta- 
da, siguieron por muchos años —suprimiendo el espacio 
del tiro de cañón— como núcleos de población indepen- 
dientes y aislados del casco montevideano. No los sepa- 
raba la distancia como la villa de la Unión y el Paso 1 áe} 
Molino, sino la carencia de vías de comunicación indis- 
pensables para las transacciones sociales diarias y perma- 
nentes. 

Eran sitios efectivamente abandonados. 

En razón de ser centros de población considerable y 
por la conveniencia reconocida de hacer extensivos a 
ellos las mejoras de higiene y de policía de que disfruta- 
ba la ciudad, la Aguada y el Cordón, por decreto del 
Ministerio de gobierno de 31 de diciembre de 1861, que 
suscriben Berro y su ministro Enrique de Arrascaeta, fue- 
ron declarados como parte de la nueva ciudad. 

Mientras no se procediera a su delincación definitiva 
las aludidas circunscripciones permanencerían cerradas 
dentro de los límites siguientes. 

La proyección aproximadamente de la calle Soriano 
por el Sur, la calle del señor Hocquart que comunica el 
Mercado de la Aguada al del Cordón por el Nordeste y 
una línea paralela a la calle del Carmen, cien varas más 
al Oeste, por el Oeste. 

La Aguada, próxima a la bahía, no era accesible, a 
mitad del siglo pasado, más que por la calle 18 de Julio 
(lo que implicaba una vía indirecta, obligando a larguí- 
simos rodeos y por lo cual prácticamente inutilizable) y 
la calle Uruguay entonces llena de zanjones y pozos y 
asimismo únicamente "hasta una cuadra más allá de las 
casas de la familia del señor Bianqui y de allí doblando 
a la izquierda hacia la playa” 

Después de alcanzada la playa —cruce de las calles 

73 



Paraguay y Avenida Rondeau con Miguelete— era preci- 
so optar por una de dos vías: el camino de la Playa o 
sea el arenal que iba siguiendo la curva de la bahía o 
la llamada calle Real o del Carmen de la Aguada, que 
conforme a la propia curva iba por el filo de la barranca. 

Cada uno de los caminos presentaba sus inconve- 
nientes: el de la playa la fatiga del arenal donde en ve- 
rano se hundían las ruedas de los vehículos, el de la ba- 
rranca o real los repechos y las zanjas cavadas y vueltas 
a cavar por las lluvias. 

Entre los repechos era famoso el de Sovera —nombre 
de un propietario lindero a la altura de la calle Nueva 
York. Los zanjones eran innumerables y tan peligrosos 
para el tránsito de rodados que el vuelco de carruajes y 
mismo diligencias de campaña era suceso corriente. 

La Junta de 1859 proveyó a un arreglo de esta par- 
te de la calle Real de la Aguada, merced a la cual —reza 
un informe de la época— "la barranca de Sovera brinda 
un fácil y cómodo acceso en vez del despeñadero que 
antes existía y que tantas desgracias ha ocasionado". 

Toda la vía recibió las reparaciones más indispensa- 
bles como terraplenamientos, desmontes y una carrada 
general de pedregullo, obras que importaron en total 
—¡admírense los lectores míosl— 140 pesos. 

Como es natural, la barranca sola no era posible que 
resistiera a los agentes de erosión y entonces hubo de em- 
prenderse una obra de fondo, levantando frente a la pla- 
ya un paredón que sostuviera el terraplén de la calle. 

A este trabajo hizo frente la Comisión Extraordina- 
ria que sustituyó a la Junta durante el gobierno proviso- 
rio de Flores y cuya gestión fue de una vastedad y efi- 
ciencia singulares. 

Cuando la Guerra Grande tuvo fin y se reconstitu- 
yeron las autoridades regulares a la capital, la Junta E. 
Administrativa designó en 1852 las comisiones auxiliares 
de la Aguada y del Cordón. 


74 



Para la Aguada fueron electos los conceptuados ve- 
cinos Diego Noboa, Laureano Anaya y Avelino Lerena. 

Para el Cordón, el presbítero Santiago Estrázulas y 
Lamas, Juan Portugal y Luis Veracierto. 

Por esos días el vecindario de la Aguada sintetizaba 
sus quejas respecto al abandono edilicio en estas pala- 
bras: 

“Aquí no llegan ninguna de las disposiciones muni- 
cipales o policiales en vigencia” 

“Cada cual, hace lo que quiere” 

Lo más urgente —“lo que se pedia a gritos”— era 
el alumbrado público. 

Mientras no llegaba, y razones había para creer que 
demoraría en venir, sugeríase como solución de emergen- 
cia “que cuando menos se obligara a los vecinos que tu- 
viesen negociosa que pusieran —ínterin— un farol en la 
puerta” 

Un tanto de lo mismo en cuanto a servicio de alum- 
brado pasaba en el Cordón, y esto no ya en 1853 sino diez 
años más tarde. 

“El invierno está encima —escribe un ciudadano del 
barrio— y con la carencia de faroles y el mal estado de 
las calles, estaremos obligados a no salir de casa después 
de ponerse el sol” 

La vida, especialmente en la Aguada, se concentra- 
ba, por decirlo así, procurando aue el barrio se bastase a 
sí mismo o supliera en lo posible la separación con el 
centro. 

De ahí las comisiones vecinales y las sociedades de 
esfuerzo autónomo, como por ejemplo la de aficionados 
que en 1862 llegó a inaugurar un “muy lindo aunque mo- 
desto teatrito” donde semanal o quincenalmente "los dis- 
tinguidos jóvénes que hacían de actores” representaban 
dramas y comedias. 

Con el impulso que tomaron la administración pú- 
blica y los negocios a raíz del triunfo de la revolución 


75 



del general Flores, la era de mejoramiento se hizo sen- 
tir en los que a esa fecha estaban constituidos en barrios 
de la Montevideo. 

Programa vasto habia por desarrollar: apertura de 
calles cortadas, rectificaciones de líneas de edificación, 
terraplenamientos y pavimentación general, prolongación 
del alumbrado a gas, etc. 

La calle Sierra en alguna cuadra era tan estrecha 
que una carreta pasaba con dificultad. 

Casas que habían quedado en mitad de la calzada 
contábanse abundantes. 

Complejo y caro sobre todos los números del progra- 
ma era el referente a la apertura y alineamiento de las 
calles. 

Algunas de ellas estaban cortadas en cuatro o cinco 
alturas distintas, como por ejemplo la calle Lima. 

Aún subsisten cierres de esa época, poniendo por ca- 
so la calle Tacuarembó, Piedad, Olimar. 

Paulatinamente se fueron venciendo las dificultades, 
con aporte y buena voluntad del vecindario. 

"La Plaza de los Treinta y Tres”, denominada así en 
1856 durante la administración de Pereira y habilitada 
como plaza de frutos o de carretas dejó de ser tal para- 
dero para transformarse en plaza urbana del Cordón que 
se iba a ornamentar. 

En la Aguada había delineado la plaza "General 
Flores”, a la que se le proveyó de alumbrado a gas en 
el año 1873. 

Desde unos años atrás esta plaza, destruida más tar- 
de para edificar en el solar el Palacio Legislativo, era 
considerada como el más pintoresco adorno de la Agua- 
da. Sus jardines fueron llevados a cabo con el concurso 
y bajo la dirección del vecino Alejandro Guerra, genero- 
so dañante de todas las plantas. 


76 



LA CHINA CATALINA 


Cuando no existían aún en el Río de la Plata, revis- 
tas ilustradas ni había procedimientos aptos para llevar 
a las prensas de los diarios retratos o notas gráficas de 
actualidad, los fotógrafos eran los encargados de sunlir 
tan lamentable deficiencia, saciando "la sed de los ojos", 
grande e inextinguible sed de la vida. . . 

Los retratos en tarjetas, denominadas "visita”, de los 
personajes de actualidad, eran puestos en venta en las 
librerías y comercios similares. 

La güera de Crimea, las campañas de Napoleón III 
en Italia, la expedición de Garibaldi a Sicilia, la lucha de 
Norte contra Sur en los Estados Unidos, la intervención 
francesa en Méjico, y las revoluciones de España dentro 
del panorama mundial, ofrecían tema abundante y copia 
de personajes que llamaban la atención despertando vi- 
va curiosidad por conocerlos en efigie. 

Al período tan rico en acontecimientos político-mili- 
tares que comprende las décadas 50, 60 y 70 del siglo 
pasado, se sumaron en nuestro pequeño mundo platen- 
se, las luchas entre Buenos Aires y la confederación y 
los disturbios provinciales subintrantes, allende el Uru- 
guay, la guerra de la Triple Alianza contra López del 
Paraguay, y por de contado “nuestras” revoluciones que 
poco tenían que envidiar a las del otro lado. 

La forma de publicidad gráfica mencionada explica 
como existen entre nosotros, y como llegaron hasta días 
contemporáneos, fotografías de generales y hombres pú- 
blicos extranjeros —exóticos o peregrinos a veces— que 
de otro modo nunca hubieran podido ser familiares a 
tantos centenares de miles de kilómetros de distancia. 

Sobre un original directo o del grabado en madera 
de una ilustración (esto muy excepcionalmente) los fo- 


77 



tógrafos de Montevideo y Buenos Aires se encargaban de 
hacer la reproducción y difundirla. 

Otras veces los retratos venían de Europa, de París, 
sobre todo, donde existía comercio especializado para re- 
mesar a todas partes las fotografías de los personajes del 
momento. 

“No debe permitirse —decía en diciembre de 1864 
un diario gubernista de nuestra capital— que las fotogra- 
fías de los traidores Flores, Caraballo y la china Catalina 
se ostenten en las vidrieras al lado de las respetables y 
queridas de Dionisio Coronel, Bemardino Olid, Leandro 
Gómez o Lucas Píriz”. “Y ya que los comerciantes —se- 
guía diciendo— sólo miraban su negocio era deber de la 
autoridad policial hacer que, cuando menos, unos retra- 
tos se colocaran de un lado y otros del otro”. 

Clara y manifiesta aparece la intención del gaceti- 
llero partidista que redactó el suelto protesta. 

Enumera los retratos de sus enemigos los colorados 
revolucionarios de la Cruzada para colocar mezclados al 
jefe de estos, brigadier general Venancio Flores, ex presi- 
dente de la República y a la china Catalina. 

Pudo haber mencionado, seguramente, otras muchas 
fotografías puestas en venta junto a la de Flores y Cata- 
lina, como v. gr. las de los conocidos militares Feo. M. 
Acosta, Enrique Castro o Goyo Suárez, pero ninguna cua- 
draba mejor a su propósito —contrapuesta “a lo respeta- 
ble y querido”— que la china Catalina. 

¿Quien era esa china famosa que tuvo, según ifluye 
de los hechos, su hora en la más culminante etapa de la 
guerra civil de 1863-65? 

¿Catalina... qué? ¿Cuál era su apellido? 

Quién sabe. 

Los mismos interrogantes a la fecha que hace 15 
años, cuando por primera vez me ocupé de esta criolla. 

No ha sido posible individualizarla en ninguna re- 
solución, lista o papel oficial. 


78 



Eli vano ha sido que ál margen de toda investiga- 
ción estuviese ojo avisor por si surgía inesperadamente 
algún indicio. 

Inútil, también, que jóvenes de larga labor en nues- 
tros archivos, como Juan Antonio Lazarini o Isidoro 
Schulldn, por ejemplo, secundaran amistosos y atentos la 
procura de datos. 

La china Catalina... nada más, y ahí hemos que* 
dado, por ahora. 

Criolla pura, como lo gritan los retratos, se unió co- 
mo otro elemento femenino al ejército revolucionario de 
Flores probablemente en el departamento del Salto, al 
norte-noroeste del país cuando menos. 

Siempre han habido mujeres en la retaguardia de 
nuestros ejércitos. 

Es una herencia aquí y en toda América. 

Las antiguas mujeres de la tribu, puede creerse. 

Pero lo más razonable es pensar que fue costumbre 
nacida del cariño y de la piedad. 

Cariño de madre, de hermana, de esposa o de com- 
pañera, y piedad de mujer —así solo— ante el dolor y el 
desamparo absoluto de la carne de cañón, privada de 
todo auxilio médico o sanitario, sangrante y abandonada 
después de cada batalla, tan clamorosa, tan lamentosa 
que el bárbaro despenar al compañero mal herido, alcan- 
zaría a veces el linde de la comprensión. 

Hondas y abnegadas tanto como incomprendidas y 
oscuras estas grandes caridades en que las mujeres ha- 
cen total abandono de ellas mismas. 

En una revolución del Paraguay que me tocó ver 
de tan cerca como que conservo todavía uri centenar de 
proyectiles recogidos entre las habitaciones y el patio de 
mi casa, que era la Legación Uruguaya en Asunción, en 
esa lucha fratricida las mujeres, siguiendo a los soldados 
en marcha, pusieron la nota más emocionante de aque- 
llos días. 


79 



Pero la china Catalina, no fue una integrante de la 
lamentable caravana de retaguardia, fue un voluntario, 
un revolucionario más, un cruzado o una “cruzada de la 
Cruzada”, que aumentaba por libre voluntad las filas co- 
loradas de Flores. 

Vestida de hombre, en el sombrero la divisa “Ejér- 
cito Libertador”, encaballada y lanza en mano, sirvió a 
la par de un hombre, mejor que algunos tal vez, porque 
en muchas ocasiones se la vio en las primeras filas o co- 
mo aventurado bombero. 

Dejó recuerdo de buena y podría añadirse, de respe- 
tuosa, en aquellas andanzas anormales y quien sabe si 
atávicas. 

Fue una figura característica en el abigarrado y mo- 
vimentado cuadro del ejército revolucionario. 

Así se explica su momento de popularidad, y el re- 
trato puesto a la venta en las vidrieras de Montevideo, 
Buenos Aires y hasta en Río Janeiro que suscitó las iras 
del periodista montevideano. 

Durante el sitio de Paysandu, la china Catalina ca- 
yó prisionera de sus enemigos, capturada por soldados 
que mandaba el bravo Laudelino Cortés. 

Una fuerza desprendida del cantón de la esquina 8 
de Octubre y Monte Caseros, avanzó, rumbo al Cemente- 
rio Viejo a guerrillear un destacamento revolucionario 
que venía del sudeste. 

Despiezados con cautela y aprovechando la ventaja 
de conocer bien el laberinto de zanjas, cercos y malos 
pasos del suburbio donde no existían sino unas cuantas 
medias aguas, abandonadas o incendiadas, los soldados de 
Cortés detuvieron pronto a los de Flores, obligándolos a 
volver a sus líneas. 

Un pequeño grupo, cortado personalmente por el je- 
fe, quedó prisionero. 

Al procederse al desarme, registro y clasificación 
de orden, se comprobó que entre ellos había una mujer, 
vestida de hombre y armada de una pistola. 

80 



Más bien india que china, era la prisionera de regu- 
lar estatura, y llamaba la atención lo chico de sus manos. 

Tenía el pelo cortado como los varones y partida 
con una raya al medio la mata renegrida y espesa, pei- 
nada para atrás. 

Ni la nariz era muy achatada, ni los ojos muy pe- 
queños y unas cuantas arrugas hondas le araban la 
frente. 

Después de arreglarle mal, mal, unas polleras para 
volverle cuando menos exterioridad de mujer, el coman- 
dante Cortés llevó a su prisionera a casa de la comadre 
y gran amiga Doña Manuela Marote de Raña. 

Viuda del coronel oribista José María Raña, muer- 
to a lanzazos por Marcelino Sosa en la batalla de Ca- 
gancha, era doña Manuela una señora de la mayor pres- 
tancia, así social como política. 

La calidad de su viudez, sus antecedentes de fami- 
lia, su natural despejado y simpático unido a una rara 
energía, habíanle ganado singular renombre en Paysan- 
dú. 

Partidaria ardiente acostumbrada a intervenir en 
modo directo v público en la política loe*!, se avino mal 
con el coronel Leandro Gómez, cuyo carácter prepotente 
chocó pronto con el de la viuda. 

Doña Manuela vino a ser como la “béte-noire" de 
Gómez, mientras éste actuaba en el litoral. 

Mala enemiga, porque la señora picaba alto y se 
correspondía directamente nada menos que con el presi- 
dente Aguirre. 

"Acabo de recibir una carta del mayor Otondo (es- 
cribe Leandro Gómez a Pinilla, con la fecha 3 de abril 
de 1864) en que me dice que Doña Manuela Marote ha 
escrito una larga carta al Presidente, hablándole pestes 
de mí, etc., etc". 

“Esa señora, elemento de eterna discordia, no pue- 
de avenirse en que no sirva de juguete de sus miserias" 

81 



"¿Qué quiere usted que diga yo al cinismo de esa 
mala mujer? Espero que el señor Presidente sabrá valo- 
rar lo que pasa*. . . 

En lo de Doña Manuela, vigilada por sus chinas de 
servicio tan blancas como la patrona, pasó Catalina los 
tremendos dias finales del sitio de Paysandó. 

Rendida la plaza, vencedores los suyos, quedó libre 
y en condiciones de volver al ejército, continuando la 
campaña que, después de la caída de Paysandú se fue 
como lista de poncho. 

Pero probablemente no lo hizo así, y si vino a Mon- 
tevideo no fue mezclada en los cuadros floristas, sino 
embarcada, tal vez, en un buque de guerra brasilero. 

Después de los días en que estuvo prisionera de 
Doña Manuela, nada se conoce con precisión de la nom- 
brada china. 

El retrato sacado en Buenos Aires por Bartoli, fotó- 
grafo de la Recoba Nueva, indica que anduvo por allá, 
y esto me afirma en la creencia del viaje fluvial, con es- 
cala en la capital por teña. 

El silencio que envolvió el nombre de la china, con- 
cluida la guerra, es raro. 

Pudo haber quedado en Montevideo, exhibiéndose, 
explotando hazañas, pidiendo algo. 

En cambio, no aparece su huella por parte alguna. 

Y es raro, repito, que teniendo familia en la Repú- 
blica o no habiéndose ausentado del país, desapareciera 
de un modo tan completo una figura difundida como la 
suya. 


82 



LA QUEMA DE LOS TRATADOS CON 
EL BRASIL EN 1864 


Solamente cuando aparezcan —si es que aparecen 
algún día— las vistas fotográficas de la ceremonia de la 
quema oficial de los Tratados con el Brasil, realizada en 
la Plaza Independencia el 18 de diciembre de 1864, re- 
cién entonces, digo, con los comprobantes gráficos a la 
vista se podrá conocer cuál fue la verdadera magnitud 
tan controvertida, de aquel acto excepcional y sin pre- 
cedentes. 

Las versiones de la prensa contemporánea, sin ex- 
cepción adicta al gobierno de Aguirre, y de los testigos 
presenciales de la propia filiación política, atribuyen a la 
quema de los tratados del 51 una magnitud de ceremo- 
nia en concordancia con el enorme y entusiasta público 
concurrente. 

Antonio Díaz —historiador nacionalista— dice en 
cambio que "el pueblo presenció en silencio aquel acto 
de extravío producido por la fiebre de los partidos políti- 
cos que agonizan; y aún muchos de los mismos partida- 
rios del gobierno miraron con disgusto el hecho”. 

Juan Angel Zavalla, pariente del Dr. Andrés Lamas, 
negociador de los tratados, le escribía en fecha 15 de di- 
ciembre: 

"La función que tuvo lugar el domingo de quemar 
los tratados fue una farsa que no dio el resultado que 
se prometía, la gente de este pueblo mostró ser muy sen- 
sata y la concurrencia fue poquísima”. 

Ante opiniones tan divididas el mudo testimonio dé 
las fotografías sería decisivo. 

Lo grave es que las vistas mencionadas en los dia- 
rios de entonces debieron malograrse, por cualquier cau- 
sa, pues no existe ni noticia de ellas. 


83 



Zavalla* en carta posterior al mismo Dr. Lamas, co- 
rroboraría el fracaso del operador cuando dice: 

“Las vistas fotográficas del acto de la quema las he 
buscado por todas partes, aunque están anunciadas en los 
diarios todavía no están en venta. En el momento que las 
pueda encontrar no demoraré el envío”; 

Sin embargo en subsiguientes cartas de la correspon- 
dencia, Zavalla no vuelve a mencionar las prometidas 
vistas. 

Con mucha o con poca concurrencia, con entusias- 
mo o sin entusiasmo, el acto tuvo contornos esenciales, 
jamás vistos en el país, dignos de ser conocidos y divul- 
gados. 

Fue un arcaísmo, una resurrección medioeval, suge- 
rida, según versiones, por cierto personaje político que 
después se abstuvo de ir a presenciarlo. 

Las recientes quemas de libros en Alemania y en 
España por la barbarie hitleriana y franquista, han fa- 
miliarizado al público con estos verdaderos autos de fe 
inquisitoriales y retrospectivos. 

Pero, cuando la quema del 64 estas cosas —por ana- 
crónicas y lejanas— parecieron cosas del otro mundo. 

Aquella quema con toda pompa oficial y “coram 
pópulo' ele los cinco tratados pactados con el Imperio del 
Brasil en 1851 y 1852, “augusta ceremonia” rica en deta- 
lles llamativos, brillante de banderas, sonora de música 
militar, abundante en vivas y mueras, fue dispuesta por 
el gobierno presidido por Atanasio C. Aguirre, de acuer- 
do con un decreto concebido así: 

“Montevideo, diciembre 14 de 1864. 

Deseando el Poder Ejecutivo que se de cumplimien- 
to de la manera más solemne y pública, a lo dispuesto 
en el Decreto de 13 del corriente, declarando cancela- 
dos y nulos todos los tratados celebrados antes de ahora 
entre la República y el Imperio del Brasil; reunido en 
consejo de Ministros ha acordado y decreta: 


84 



Procédase a la extinción por medio del 
fuego de los referidos tratados. 

Art 2 9 — Desígnase para este acto el día 18 del 
corriente, debiendo tener lugar en la plaza de la Inde- 
pendencia. 

Art. 3? — Los Ministros Secretarios de Estado en los 
Departamentos de gobierno y guerra quedan encargados 
de la ejecución del presente Decreto, que se comunicará 
y publicará, convocándose al pueblo para presenciar el 
acto. 

Aguirre, Antonio de las Carreras, Silvestre Sienra, 
Andrés A. Gómez, Eustaquio Tomé" 

El decreto del 13 de diciembre —de que se hace 
caudal— fundamentado en catorce considerandos de ex- 
cepcional acritud decía en su parte dispositiva: 

"Art. 1$ — Decláranse rotos, nulos y cancelados los 
tratados del 12 de octubre de 1851 y sus modificaciones 
de 15 de marzo de 1852 arrancados violentamente a la 
República por el Imperio del Brasil. 

Art. 2 ? — La República Oriental del Uruguay reivin- 
dica por este acto todos sus derechos sobre los límites 
territoriales que siempre le correspondieron. 

Art. 3* — Las aguas de la República sobre la Lagu- 
na Merim, con sus afluentes, quedan sujetas en cuanto 
pertenecen a la República, a lo dispuesto por la ley de 
25 de junio de 1854, quedando en consecuencia abiertas 
a los buques y comercio de todas las naciones. 

Art. 4? — La República desconoce por este acto las 
obligaciones pecuniarias que a mérito de los Tratados 
anulados tenga con el Imperio del Brasil. 

Art. 5? — La República se reserva todos sus dere- 
chos para reclamar y obtener del gobierno Imperial ple- 
na indemnización de los perjuicios causados por las fuer- 
zas Imperiales de mar y tierra y por las hordas de ban- 
didos encabezados por el asesino Venancio Flores, tanto 


85 



por salteamiento de dineros públicos, como por daños 
inferidos a los habitantes del Estado cualquiera sea su 
nacionalidad. 

Art. 6* — Del presente decreto se dará cuenta con 
un mensaje especial al Poder Legislativo, inmediatamen- 
te se abran sus sesiones. 

Art. 7 9 — Publíquese por bando en todos los Depar- 
tamentos de la República, comuniqúese a quienes corres- 
ponda y expídanse las órdenes convenientes insertándo- 
se en el libro respectivo”. 

El primer magistrado firmante y los secretarios que 
lo acompañan son los mismos que suscriben el decreto 
anterior. 

La participación activa del Imperio en favor del jefe 
revolucionario Flores, el cual junto con los soldados bra- 
sileños, tenía sitiada la Plaza de Paysandú desde ef día 2 
de diciembre, habiendo tomado recién la ciudad de Sal- 
to, explican perfectamente el estado de ánimo del go- 
bierno de Montevideo. 

"Había llegado al fin el momento” —escribía un dia- 
rio capitalino. “¡Qué ni las cenizas queden de ese padrón 
de ignominia! ¡Qué vayan al mar para que el aire de 
Montevideo no se corrompa!”. 

"Las llamas —se lee en otra— iban a devorar aque- 
llos símbolos de la conquista y de la absorción”. 

Por el Ministerio de Guerra y Marina, el titular ge- 
neral Andrés A. Gómez, preparando militarmente la ce- 
remonia, pasó nota al brigadier general Antonio Díaz, 
jefe del ejército de la capital. 

“Montevideo , diciembre 17 de 1864. 

Señor General en Jefe: 

Mañana debe tener lugar el acto solemne de la des- 
trucción por el fuego de los cinco tratados que tenía la 
República con el Imperio del Brasil, según el Decreto 
del 14 del presente. 


86 



A ese acto deben concurrir piquetes de los seis ba- 
tallones de guardias nacionales, a saber desde el 1? al 4?, 
el de Marina y Pasiva. Cincuenta hombres de tropa con 
un capitán y dos subalternos de cada Batallón, serán los 
que concurrirán a ese acto con sus músicas. 

Después del ejercicio y paseo de los Batallones, que- 
dará esa fuerza en los cuarteles, en donde a las 11 <5e la 
mañana estarán prontos. 

El coronel jefe del Estado Mayor General, ordenará 
a V.E. que, con los ayudantes, mande la fuerza que con- 
curra al acto”. 

Se designa para esta ceremonia la Plaza de la Inde- 
pendencia, debiendo el jefe del E.M. dar la colocación 
que corresponde en la formación, a cada uno de los pi- 
quetes de los batallones que deben asistir. 

Por el Ministerio de Gobierno también se providen- 
ció. Véase la comunicación adjunta. 

Es un documento inédito hasta ahora, que debo a 
mi distinguido colega y amigo el Dr. Rodolfo Casaravilla 
Estrada, el cual ha querido añadir esta gentileza a otras 
anteriores de índole semejante, cuyo valor aprecio y 
agradezco* 

(Un sello seco que dice Ministerio de Gobierno). 

“Montevideo, diciembre 17 de 1864. 

Al Sor. Escribano de Gobierno y Hacienda. 

Adjuntos se remiten a V, los tratados celebrados an- 
teriormente entre la República y el Imperio del Brasil, 
que deben ser extinguidos por el fuego en el día de 
mañana, a las 12 del día en la Plaza de la Independencia, 
a cuyo acto asistirá V. 

Dios guard. a V. ms. añs. (Firmado) Silvestre Sienra”. 

La Plaza Independencia sitio fijado para el acto no 
era la plaza actual. 

Entre el espacio que limitan las calles Ciudadela y 
Juncal estaba cortada por la ruinosa mole del Mercado 
Central, antigua fortaleza colonial. 


87 



L jEn la línea de la calle Florida habíase construido 
un tablado cuadrangular —que Díaz, irreverente, califica 
de “especie de patíbulo”— en cuyos ángulos flamea- 
ban grandes banderas, dos nacionales, una de Artigas y 
otra del año 25. 

Una columna simbolizante de la Independencia y 
varios adornos apropiados completaban la decoración de 
la plataforma. 

A su tiempo fueron llegando los niños de las escue- 
las públicas, que entonces se llamaban escuelas de la 
Junta y los piquetes militares para formar el cuadro. 

A medio día justo, bajo los rayos de un sol tan es- 
pantoso que la gente no sabía donde guarecerse dio co- 
mienzo al magno acto. 

Aguirre y sus ministros tomaron asiento en sendas 
butacas. 

Gran cantidad de altos funcionarios, legisladores, mi- 
litares y políticos rodeaban al Poder Ejecutivo. 

Notóse, en cambio, la ausencia de todos los miem- 
bros del Tribunal, lo que significaba la ausencia de uno 
de los altos poderes del Estado. 

Después que el escribano Casaravilla hubo leído los 
decretos del caso, el presidente Aguirre se levantó de su 
poltrona para dirigir la palabra al pueblo. 

Pronunció el magistrado con escasa voz, una alocu- 
ción opaca, a la vez explicativa y justificativa del auto de 
fe. 

Fueron a juicio de un diario de entonces “unas pa- 
labras ingenuas” que la concurrencia aplaudió. 

En una mesa, allí no más, junto a Su Excelencia, es- 
taban en una caja “las ignominiosas piezas” negociadas 
por Andrés Lamas en Río Janeiro. 

Un poco más allá, encima de un zócalo, veíase el 
braserito de hierro —resto del antiguo mobiliario del Ca- 
bildo— donde iban á ser incineradas. 

Separó el escribano Don Carlos una por una las ho- 
jas protocolares, impolutas y nutridas de perfecta cali- 

88 



grafía y se las fue pasando sucesivamente al ciudadano 
comandante de guardias nacionales Manuel Pereira, que 
a falta de verdugo oficial "suplió como verdugo oficioso”. 

Las tapas y los sellos, según se dijo, serian reserva- 
dos para su guarda en el Museo Nacional, pero ignoro 
lo que resultó al fin. 

El brasero existe todavía en el Museo Histórico, 
donde según consigna un suelto de "La Tribuna" del 12 
de abril de 1865 lo envió el propio verdugo accidental. 

Consumidos los textos las cenizas fueron aventadas 
como las de un hereje antiguo, en medio de vivas y a 
los acordes del himno nacional. 

El acta labrada que he copiado del protocolo de la 
Escribanía de Gobierno y Hacienda, tiene esta redacción 
textual: 

"En Montevideo, Capital de la República Oriental 
del Uruguay, a los diez y ocho días del mes de Diciem- 
bre de mil ochocientos sesenta y cuatro, reunidos en la 
Plaza Independencia el Excelentísimo Gobierno y las 
Autoridades Civiles y Militares y un gran concurso de 
pueblo, se procedió previa lectura de los decretos de fe- 
cha 13 y 14 del corriente a la extinción por el fuego de 
los Tratados celebrados entre la República y el Imperio 
del Brasil, sobre límites, alianza, extradicción, préstamo 
y comercio y navegación, así como el de modificación 
del 15 de marzo de 1852 a que se refieren los indicados 
Decretos. Y para que en todo tiempo conste el acto que 
acaba de tener lugar se labró la presente que se firma de 
que doy fe. (Firmados): Atanasio C. Aguirre, Silvestre 
Sienra, Dr. Antonio de las Carreras, General Andrés A. 
Gómez, Dr, Eustaquio Tomé, General José R. Villagrán, 
General Antonio Díaz, Coronel Luis de Herrera, Coronel 
Pantaleón Pérez, Lorenzo García, Coronel Salvador Gar- 
cía, J. Pereira, Luis Lerena, Ramón de Santiago, Oficial 
Mayor de Relaciones Exteriores, Carlos Carvallo, Oficial 
Mayor de Gobierno, José María de Nova, Oficial Mayor 


89 



de Hacienda Antonio Carlos Casaravilla, Escribano Pú- 
blico de Gobierno y Hacienda”. 

La figura del ministro Carreras, con su lívida calva, 
dominaba en el tablado como personalidad política. 

El sangriento doctor constituía, en efecto, la única 
personalidad verdadera de todo el gobierno. 

De presidente a ministros nadie alzaba sobre el ni- 
vel de la mediocridad aquellos gravísimos momentos en 
que necesitaban verdaderos hombres de estado. 

Aguirre enfundado en su levita negra conservó en 
todo instante un aire recogido, generalmente con las ma- 
nos cruzadas en la espalda en una pose habitual. 

En la plaza el viejo veterano de la Independencia 
coronel Juan A. Estomba, jefe de Estado Mayor y co- 
mandante de las fuerzas, daba la otra nota "completa- 
mente posesionado de su papel”. 

Terminada la parte en cuanto ordenaban los decre- 
tos "se adelantó Pedro J. Zipitría —secretario de la Co- 
misión Extraordinaria Administrativa— y con voz clara 
aunque emocionada”, leyó un acta más, extraoficial, si- 
guiéndola con una de sus habituales, verbosas y adjetiva- 
das arengas. 

Nadie mejor elegido que Zipitría para esta especie 
de apéndice popular: grandilocuente, inflado, lleno de 
citas mitológicas e históricas, amplio de ademanes "con 
su cara redonda y enorme y unas barbas cortas entre- 
canas”. 

Pidió a todos los concurrentes que se solidarizaran 
coa el gobierno, suscribiendo aquel documento donde se 
afirmaban los principios de la civilización, de la demo- 
cracia y de la América Republicana”. Y terminaba pro- 
metiendo: 

"En fe de lo cual y resuelto a no abandonar nuestro 
puesto de honor hasta que la victoria reivindique esos 
ultrajes, firmamos la presente acta que tiene por objeto 



la justicia y la libertad, por garantía nuestras armas y 
por testigos a Dios y al Pueblo de los Treinta y Tres*. 

Descendido que hubo el presidente Aguinre se dis- 
persó el mundo oficial sin perjuicio de que los discursos 
continuaran. 

Al fin el mismo Zipitría bajó a la plaza para pisotear 
y colmar de insultos una bandera imperial, entre vivas y 
denuestos del enardecido concurso. 

Todas las azoteas, balcones y miradores estaban He- 
nos de gente defendiéndose del rayo del sol con sendas 
sombrillas, o como podían. 

Entre los apretujones para firmar el acta y la tempe- 
ratura canicular, produjéronse pequeños tumultos y has- 
ta un señor Vargas, muy exaltado, cayó al suelo víctima 
de un w coup de chaleur \ 

Eran las últimas horas de la tarde y todavía algunos 
ciudadanos se acercaban al tablado a suscribir el com- 
promiso cívico redactado por Zipitría. 


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CINCUENTENARIO DEL BARRIO REUS 


Pronto finalizará este año 1939 en que se cumple el 
cincuentenario del Barrio Reus. 

Nadie ha mencionado, hasta ahora, esos cincuenta 
años, y no es difícil que llegue en silencio el 31 de Di- 
ciembre y pase la oportunidad de recordar, en su mo- 
mento, una de las efemérides más destacadas y más vigo- 
rosas de la vida edilicia montevideana. 

El nombre histórico del Barrio está muy olvidado, 
tanto como transformada su fisonomía y cambiada la 
gente que lo habita. 

El tiempo, pero sobre todo la denominación ‘Villa 
Muñoz” puesta como destino terminal de dos movidas 
líneas de tranvía han consagrado el rebautizo del Barrio 
Reus, iniciativa explicable en la hora (puede ser), pero 
poco feliz del Banco Hipotecario su dueño en alguna 
época. 

Es el barrio Reus del Sur el único que conserva su 
nombre, no obstante la insignificancia relativa de una 
manzana de casas de alto partida al medio por la calle 
Ansina. 

Reus, del apellido del famoso hombre de negocios 
Dr. Emilio Reus, jurisconsulto español, especulador, bol- 
sista, alma de la creación del Banco Nacional y organiza- 
dor de la célebre Compañía Nacional de Crédito y Obras 
Públicas durante la presidente del general Tajes. 

El Barrio Reus constituye a la vez que un monu- 
mento a la memoria de un hombre excepcional, el más 
formidable ejemplo de iniciativa privada que se registre 
en los anales de la capital de la República. 

Algo desconocido hasta entonces en Montevideo y 
algo no superado ni visto jamás en época ninguna. 

De promoción e índole particular se dijo, porque el 
Dr. Reus. concebida v maduro la idea de edificar el ba- 

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rrio artesano —enorme barrio para el Montevideo de 
1888— se lanzó a dar realidad al proyecto con su capital, 
su crédito individual y su dinamismo portentoso. 

Y es a tal punto inconcusa esta intervención "del 
hombre”, que entre las causas que en ciertos momentos 
paralizaron los trabajos contó como primera y particular 
la seria enfermedad que, por término de dos meses, re- 
tuvo en cama al banquero. 

"Las vacilaciones que surgían por el grave estado 
del Dr. Reus —dice un contemporáneo— restringían los 
recursos necesarios y los trabajos tuvieron que amoldar- 
se a un estado contemplativo, entretanto su salud no se 
pusiera a salvo del estado peligroso en que se le creía”. 

Contemplando en la actualidad el Barrio Reus —hoy 
Villa Muñoz— no es presumible que, con criterio también 
de ahora, se abarque la magnitud y el numero de pro- 
blemas que debieron presentársele a su fundador hace 
medio siglo. 

Precisamente cuando en los años 1887-88 la edifica- 
ción de Montevideo, en alas del auge, alcanzaba propor- 
ciones inusitadas, fue que se dio comienzo al planteo del 
Barrio. 

Era la obra de construcción más grande de todas, 
que venía a sumarse a las múltiples que se elevaban por 
todos lados. 

En el mes de Marzo del 88 en que comenzaron los 
trabajos, los obreros ocupados en desmontes, cimenta- 
ción, acarreos y demás tareas indispensables anexas al- 
canzaban si no sobrepasaban a mil. 

Adelantando las casas el personal elevóse a más de 
2.000, manteniéndose en actividad permanente cerca de 
500 carros. 

En la noticia que me sirve de guía, hecha por perso- 
na vinculada no tanto a Reus como a Eduardo Cassey, 
socio y sucesor de aquél, se expresa que llegó a faltar 
piedra y arena por escasez de carretillas en que condu- 


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cirlas; que la carpintería se resintió por carencia de obre- 
ros y que los ladrillos hubo necesidad de irlos a traer 
de Canelones, de Florida y mismo de poblaciones del 
litoral 

Cinco mil familias, añádese, vivieron o manejaron 
su vida gracias al trabajo proporcionado por la edifica- 
ción del Barrio Reus. 

La dirección de las obras fue confiada al señor Mar- 
celino Santurio, teniente coronel retirado y el cual en sus 
viajes por Europa habíase dedicado con especialidad a 
cuestiones de urbanismo y obras públicas. 

Cuando las negociaciones del ministro Amaro Car- 
ve, en época de Santos, para la contratación del puerto 
de Montevideo con el sindicato inglés Cutbill Son and 
De Lungo, Santurio aparece como asesor y colaborador 
del ministro. 

Fue Santurio, por lo demás, quien sugirió a Reus 
la idea de edificar el barrio, exponiéndole sus vistas y su 
valiosa cosecha de observaciones propias. 

Embarcado en el proyecto se escogió para ubicación 
de la barriada el terreno conocido por Chacra de Eche- 
verría, de unas 66 hectáreas de superficie. 

Extendíase este enorme baldía entre el Barrio Lava- 
Ileja, cuyo centro podría fijarse en la actual Estación 
Goes y el Barrio del Retiro, amanzanado en 1869, vieja 
quinta de Béjar, donde luego se alzó la Cárcel radiada 
de la calle Miguelete. 

El terreno de la chacra fue pagado a razón de 40 
centesimos el metro. 

Dentro de la extensión destinóse para asiento de 
los edificios la parte más allá, favorecida por natural de- 
clive para el rápido alejamiento de las aguas fluviales. 

Los planos comprendían 27 núcleos de construcción 
conteniendo 531 casas de varias arquitecturas y plantas, 
todas ellas de altos y bajos. 


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No se abordó la construcción con criterio de levan- 
tar casa s voladizas ni con ánimo de escatimar el buen 
material necesario. 

Cincuenta años de prueba habla más que cualquier 
reclamo de entonces. Ahí están las casas, conservadas y 
firmes. 

Tirantería de hierro, pisos de pino de tea, puertas 
de cedro, escaleras de mármol, patios embaldosados. 

En los edificios que rodean el núcleo central se en- 
sayó la mansarda de pizarra, pero el sin objeto y fracaso 
de la innovación estuvieron de manifiesto. 

Dos ramales de tranvía, desprendidos de las líneas 
Oriental y Reducto, esta última propiedad de la Compa- 
ñía Nacional, ligarían la gran barriada con el centro de 
la ciudad en unos 20 minutos* 

Varias calles oficiales cruzaban el nuevo barrio, pe- 
ro se proyectaron otras nuevas de menor ancho que se- 
paraban los "pabellones" o grupos de casas. 

Tales calles, denominadas secundarias o vecinales, 
medían 10 metros 36 centímetros en vez de los diez y 
siete metros del amanzanamiento municipal y al igual de 
éstas contaban afirmado de piedras. 

Limitaban el Barrio, por el Norte, las calles San 
Fructuoso e Isla de Gorriti; por el Este, Constitución; 
por el Sur, Libres y por el Oeste, Guaviyú. 

Las calles secundarias fueron denominadas; Emilio 
Reus, Torcuato de Alvear, Ramón Domínguez, José de 
Salamanca, Marcelino Santurio y Hausmann. 

Cada nombre tenía su fundamento histórico, local o 
extranjero: Ramón Domínguez ciudadano argentino de 
actuación destacada en la vida montevideana por los 
años 1866-70, siendo lo que se llamaba entonces un “fo- 
mentista”; Salamanca, era un banquero español (a cuyo 
lado se había iniciado Reus) que dotó a Madrid de uno 
de los barrios más extensos y elegantes que lleva su 


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nombre; Alveár era el gran intendente de Buenos Aires 
y el barón Hausmann fue el mago que modernizó y 
transformó a París en el 2 9 Imperio. 

Santurio pudo pasar como un pequeño y disculpa- 
ble pecado de vanidad. Si lo hubo, años ha que se en- 
cargó de castigarlo el celo de la oficina municipal de 
nomenclatura. 

Nunca bastante alabado su celo, su ilustración y su 
criterio... (iba a decir estulto) en punto a bautismos y 
rebautizos. 

Del Torcuato de Alvear, de la callejuela de dos cua- 
dras, dejaron solo Alvear rindiendo homenaje, que su- 
pondrían condigno, al vencedor de Ituzaingó. 

Y apareció en cambio la calle Gutiérrez —pongo por 
ejemplo—. Gutiérrez “tout simplemente ¿Qué Gutiérrez? 

No le hace. Gutiérrez... el poeta argentino, el no- 
velista Ricardo, el comandante, un estanciero muy rico 
de Tacuarembó . . . todos los Gutiérrez, cuantos más me- 
jor. Lo mismo pudieron ponerle Fernández. 

Introdujéronse en el nuevo barrio ciertas novedades 
como los caños de doble tiraje para ventilación de los 
excusados y las baldosas de portland para las veredas. 

Las casas tenían aljibe, algunas cuartos de baño 
—rarísimos entonces— y en todas se consultaba la distri- 
bución que les permitiese recibir unas cuantas horas de 
sol. 

La carencia de red cloacal y el deficiente sistema de 
alumbrado a kerosene impedían ir más allá en higiene y 
confort. 

En cambio entraba en el proyecto la perforación de 
un pozo artesiano del probado sistema Bonariva. 

Estaría en medio de la llamada Plaza Artesiana en- 
clavada en la manzana Libres, Arenal Grande, Porongos 
e Independencia y la torre elevaríase a cuarenta metros, 
coronada por un faro. 

La ruina del Dr. Reus y la subsiguiente de la Com- 


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pañía Nacional en medio del general desastre, fueron 
causa de que las obras del Barrio no tuvieran fin en el 
término calculado. 

Por otra parte la enfermedad de Reus y lo excepcio- 
nalmente llovedor del invierno de 1888 —78 días de agua- 
ceros copiosos— contribuyeron a que la catástrofe sor- 
prendiera a la gente de Santurio en medio de su labor. 

Cassey y la Compañía Nacional resolvieron sacar a 
remate las casas. 

Se anunció la venta llevando el martillo Francisco 
Piria para los primeros meses de 1889. 

AI comenzar, las fincas obtuvieron relativo precio, 
existía interés en sostener una ráfaga de optimismo en 
medio de la tormenta que se cernía sobre todas las ca- 
bezas. 

El presidente de la República, general Máximo Ta- 
jes compró la primera casa. 

Pero el número a vender era excesivo en una plaza 
abatida totalmente. 

El barrio —en líneas generales— continuó formando 
parte de la masa fallida de la Compañía Nacional de 
Crédito y Obras Públicas y más tarde integró el capital 
del Banco Hipotecario. 


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LOS LITOGRAFOS 


Próximos ya los días en que el arte de grabar en pie- 
dra iba a entrar en irremediable decadencia, sustituido 
el procedimiento por los métodos foto-mecánicos en con- 
tinua perfección, dos figuras de primer orden, destacan 
en su género, en el ambiente artístico montevideano. 

Tal vez no tarde yo en poner en orden cronológica- 
mente muchos nombres y muchas noticias sobre los litó- 
grafos y la litografía en la República. 

Larga será la lista, desde los primitivos como Carlos 
Risso, establecido en 1830 y José Gielis, establecido en 
1838 hasta los contemporáneos que alcancé a conocer, 
pasando por Bettinotti, Besnes e Irigoyen, Wiegeland 
Willems, Chanalet de Valpetre, Mége, Hecquet, Cohas, 
Massie, Liggi, Bauer, Casans, Winder, Arquimbao, Go- 
del, etc., etc. 

La historia de la litografía y de los litógrafos, está 
identificada con la historia de la iconografía nacional en 
una forma tan íntima y tan absoluta que permite afir- 
mar que ambas se sobreponen y confunden. 

Todas nuestras revistas ilustradas, todos los retratos 
que debían difundirse, todas las hojas de diario donde se 
necesita animar con una figura o con una alegoría, toda 
manifestación gráfica, en una palabra, hubo de valerse 
del procedimiento litográfico. 

Y esto se explica muy fácilmente con sólo decir que 
la litografía monopolizaba por ser única. 

Los grabadores en madera tan abundantes en Euro- 
pa, no se conocían aquí. Alguno que hubo fue malo. El 
mercado no daba para vivir: en el viejo mundo las re- 
vistas de actualidades y las ilustraciones de los libros, 
eran las que mantenían" la falange de xilógrafos. 

Se necesitó para desalojar la litografía, el fotograba- 
do en zinc y antes de la fototipia. 

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Pero estos métodos llegaron tarde; pertenecen a la 
época de la Escuela de Artes y Oficios, donde un verda- 
dero artista Angel Somaschini (padre) los ensayó y los 
propagó. 

Los dos grandes litógrafos a que aludí en el párrafo 
primero y que llenarán mi artículo de hoy, son Juan Lips- 
Ici, alemán, de origen polaco y Alfredo Michon, francés. 

Juan Lipski, había estudiado su especialidad en Ber- 
lín y había sido alumno de la Escuela de Bellas Artes. 

Nacido en una aldea de Pomerania, Prusia en 1841, 
sus andanzas por el mundo eran largas y sucesivamente 
se le encontró ejerciendo su profesión en Rusia, en Aus- 
tria, en Francia y en España, de donde pasó a México y 
desempeñó funciones de maestro en un colegio oficial. 

En 1876, abandona aquel país para recorrer Cuba, 
Jamaica y otras islas antillanas, atravesar más tarde el 
itsmo de Panamá, hacer las costas del Pacífico y anclar 
un día definitivamente en Montevideo, después de un 
viaje de dos años. 

Bohemio, despreocupado, curioso, apuntista incansa- 
ble, llenaba carteras de certeros croquis, apenas señala- 
dos algunos, carteras y apuntes que abandonaba a cual- 
quiera y en cualquier parte con la misma facilidad que 
lo hacía. 

Incorporado al personal de la casa de Alfredo Godel, 
la famosa “Litografía artística a vapor”, allí —por imposi- 
ciones brutales de la vida— el hombre se sujetó. 

Desgraciadamente, la vida no le dio muy larga tre- 
gua ni él, tampoco, contempló mucho, que digamos, la 
salud de su cuerpo. 

Aquejado de una enfermedad penosa que lo com- 
batía sin descanso, trabajó sin embargo, casi hasta últi- 
mo momento. 

Sólo entonces, dejando su cuarto de solterón en la 
casa 46 de la calle Reconquista, fue a buscar cuida- 


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dos más prolijos para sus males en una cama de pensio- 
nista del Hospital de Caridad. 

Vivió allí pocos días, falleciendo el 3 de junio de 
1885 a los 44 años. 

Godel su principal, lo atendió con solicitud en tan 
duros trances y su cadáver fue velado en la litografía de 
la calle Cerrito. 

Su padre, don Juan Alberto Lipski era polaco y su 
madre doña Carolina Weigland, parece que pertenecía 
a la familia de litógrafos de ese apellido establecida en 
nuestro país a mitad del siglo pasado. 

Tal vez esa circunstancia que acaso implicara tener 
parientes en Montevideo, nos explicase el hecho de que 
Lipski terminara en nuestra capital la trayectoria de su 
recorrido por el mundo. 

Alfredo Michon era también otro espíritu errante. 
Nacido y educado en París, residió una larga temporada 
en Río Janeiro. De allí volvió a Europa para tornar nue- 
vamente a América, pero esta vez a Chile. En Montevi- 
deo en el año 1869, fue en 1870 el lápiz de guerra de TUa 
Ortiga” semanario de caricaturas. Al mismo tiempo di- 
bujaba en todas las publicaciones ilustradas más o menos 
efímeras publicadas en la capital. 

Al estallar la guerra del Pacífico, tornó a Chile, don- 
de creía ganar dinero dibujando láminas con las victo- 
rias de este país sobre los aliados del Norte. 

Si le fue bien no sabría decirlo, pero en 1882 se le 
halla de nuevo en Montevideo. 

En junio de 1884 embarca para Francia a visitar a 
los suyos y al regresar al año siguiente favorecido por 
una herencia o por una lotería, nuestro hombre pudo 
darse la rara satisfacción de declarar que no trabajaría 
sino cuando tuviera ganas y por darle gusto al lápiz. 

Lipski, lo mismo que Michon fueron dos grandes li- 
tógrafos dibujantes. 

Michon excursionó mucho por el campo de la cari- 


100 



catura, pero carecía de la chispa indispensable, además 
que no ser figurista completo, pues fallaba en la anato- 
mía de los cuerpos. 

Uno y otro manejaban el lápiz sobre la piedra con 
una inimitable destreza, distinguiéndose por la pastosi- 
dad y la finura del trabajo. 

Michon más personal, solía abusar del trazo duro de 
la pluma y de la pincelada gruesa que "manchaba” para 
conseguir efectos. 



LOS PAÑUELOS HISTORIADOS 


Continúan siendo de una parquedad desconcertante 
las noticias que poseemos acerca del origen de los anti- 
guos pañuelos historiados, género de recuerdo patriótico 
o prenda conmemorativa de alguna gran fecha, cuando 
no vehículo de propaganda política o medio de proseli- 
tismo personal, de los cuales llegaron hasta nosotros po- 
cos y a veces no bien cuidados ejemplares. 

Aunque hablo refiriéndome a los modelos que se 
vinculan al pasado uruguayo, abrigo la creencia —respal- 
dada por colegas de autoridad y especialización sobresa- 
liente— que con los que tocan a la historia argentina su- 
cede un tanto de lo mismo. 

Todos los historiadores y todos los coleccionistas de 
trasrío con los cuales he tenido ocasión de hablar al res- 
pecto han coincidido en la oscuridad que circuye sus orí- 
genes. 

Ignoramos de dónde y cuándo, precisa y sucesiva- 
mente, llegaron al Río de la Plata estas llamativas telas 
cuadras, de seda o algodón, con policromadas litografías: 
retratos, banderas, leyendas, curiosas guardas y sucesivos 
recuadros. 

Los papeles públicos que tantos datos suelen pro- 
porcionar de las cosas viejas, no registran ni una gaceti- 
lla alusiva ni un aviso al público mencionando la tienda 
donde estuvieron en venta, no obstante el habitual anun- 
cio de retratos, planos de batalla, cartas, geográficas, etc. 

Los documentos de aduana presentan nada más que 
la lista de despacho diario con sus clasificaciones de ru- 
tina, sin nota marginal o recargo de aforo que permitan 
sospechar el arribo de los pañuelos buscados entre tantos 
cajones de pañuelos de seda, tantos id. de lana y tantas 
docenas id. de mezcla. 



Sin embargo, es indudable que estos lienzos decora* 
dos que nos interesan hoy, y que por lo corriente regulan 
entre ochenta y noventa centímetros en cuadro, debieron 
estar bastante difundidos en su época. 

Especies eminentemente fungibles, en efecto, de al- 
gunos que llamaré de tipo personal, por ostentar retratos 
de los generales Rivera, Oribe y otros, se han conservado 
varios ejemplares que hoy se reparten en colecciones pú- 
blicas y particulares. 

Otros modelos, al contrario, son tan difíciles de ha- 
llar que varios de ellos repútanse únicos. 

Tres de los que van a ocuparme participan de esta 
categoría inusual, cabiéndoles además los sitios extremos 
de la lista de ordenación cronológica por ser irnos los 
más antiguos y otros los de más reciente data. 

Situaciones —por otra parte— adjudicadas por estu- 
dio, intuyendo o deduciendo de las prendas mismas, toda 
vez que fecha particular equivalente a la de las impre- 
siones comunes no he llegado a encontrar en ninguna. 

Tampoco tienen los pañuelos seña de autor, de casa 
o de lugar donde pudieron ser estampados. 

En uno con el retrato de Rosas (Museo Hsitórico 
Argentino) hay dos pequeñas letras coloradas P.C. y las 
iniciales I.G.C., en uno de la República Riograndense, 
que sitúo alrededor de 1842 año en que culminó la glo- 
ria de los libres en aquella lucha “digna del honor de un 
comentario como el de la Guerra de las Galias”. 

Mucho ha servido para mi breve estudio el conjunto 
de cuatro pañuelos poseídos en esta capital por la fami- 
lia Cordero Estevez. 

Según tardición, fueron obsequio del general Rivera 
al coronel Pedro Estevcs, oficial y jefe de señalados ser- 
vicios, muy adicto al vencedor de Rincón. 

Murió el coronel Esteves de muerte trágica en el 
mes de diciembre de 1859, pasando aquellas reliquias a 
los suyos sin haber salido nunca de poder de la familia. 


103 



Ultimamente, con motivo del deceso de doña Agos- 
ta Esteves de Cordero, última hija del coronel, sus des- 
cendientes, atentos a la voluntad de la señora, tienen 
resuelta la donación de los pañuelos al Museo Histórico 
Nacional. 

Buscando ordenación para estos singulares documen- 
tos gráficos, estimo correspondería citar como primero el 
que lleva en el centro el escudo nacional con la primiti- 
va bandera de nueve listas y la leyenda “El Estado 
Oriental del Uruguay Libre e Independiente” (sic) y los 
nombres: don Juan Antonio Lavalleja — Sarandí— . Don 
Fructuoso Rivera —El Rincón—. 

El escudo Conforme al decreto de marzo de 1829 y 
la Constitución sin mentar, parecerían justificativos de la 
primacía que le adjudico a este ejemplar único. 

El segundo pañuelo es evidentemente del año 30. 

No conozco sino el ejemplar del Museo Histórico 
Nacional. Procede de la ciudad de Meló y fue donado en 
1900 por la señorita Josefa Alisal y Montero, de antigua y 
afincada familia de aquella ciudad mediterránea. 

En el centro, sobre fondo de nubes, un pretendido 
escudo de la República, pues ni la forma ni el primer 
cuartel corresponden al modelo oficial. 

En las esquinas unos versos que pueden ser de Acu- 
ña de Figueroa, certifican su fecha diciendo en el coro: 
'"Venid Orientales — Mi himno cantemos — Venid y ju- 
remos — la Constitutión" (sic). 

Además de certificar la fecha, los versos certificarían 
la procedencia, pues en los antepenúltimos y penúltimos 
está escrito sana por saña y estrana por extraña. 

Esta grafía y la palabra constitución^ con “t" indi- 
carían, me parece, origen francés. 

Los cuatro pañuelos restantes, de propaganda polí- 
tica, lucen sendos retratos del general Rivera, de doña 
‘Bernardina Fragoso, del general Oribe y del general Ve- 
nancio Flores. 



El de Rivera y el de su esposa probablemente for- 
maban un par, teniendo en cuenta los elementos decora- 
tivos, que son idénticos en uno y otro. 

Cabe situar estas piezas después de la batalla del 
Palmar, 1838 (cuyo nombre figura en el pañuelo), y la 
reelección de Rivera en marzo de 1839, fecha en que el 
general dejó de usar el título de jefe del ejército consti- 
tucional, que figura al pie del retrato. 

Bastante posterior, de fines de 1848 o principios del 
49, debe ser el pañuelo con el busto del general Manuel 
Oribe, si se atiende a la lista de victorias del sangriento 
lugarteniente rosista inscriptas en la cinta que, entrela- 
zada con motivos florales, recuadra la seda. 

“Sierra de las Animas” fue una acción reñida en 
abril del 47 y las retomas de Paysandii y Mercedes tu- 
vieron lugar el año 48. 

Oribe ostenta el título abusivo de presidente de la 
República, pues su mandato lo tenía renunciado desde 
octubre de 1838. 

Cierra el inventario, tal vez momentáneamente, un 
pañuelo de fondo castaño tirando a borra de vino, con el 
retrato del general Venancio Flores en la época en que 
fue triunviro y luego presidente electo al disolverse el 
gobierno provisional. 

La composición litográfica es francamente peregri- 
na, comenzando por la reiteración con que se asocian, sin 
motivo, la bandera argentina y la bandera del imperio. 

Además de la deducción de fecha que surge de un 
retrato de época, se sabe que este raro pañuelo fue ad- 
quirido en Montevideo en los años de la presidencia de 
Flores. 

Actualmente pertenece al señor Juan Andrés Alvarez 
Cortés. 

Hasta hoy es el único ejemplar de este tipo del cual 
se tenga noticia. 


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INDICE 


Misericordia Campana y Sayago, famosos morenos 7 

Las antiguas plazas de frutos 12 

El primer servicio de ómnibus 17 

La estatua de la Plaza Cagancha 21 

El ferrocarril a la Unión y Toledo. Una línea que 

desaparece 26 

El Mercado de la Ciudadela o Mercado Viejo .... 32 

El Templo Inglés 39 

La playa Capturo y su balneario 43 

La Lotería del Hospital de Caridad 46 

Primera experiencia. Telégrafo eléctrico 52 

El telégrafo eléctrico 60 

El Teatro San Felipe 66 

El Cordón y la Aguada 72 

La china Catalina 77 

La quema de los Tratados con el Brasil en 1864 . . 83 

Cincuentenario del Barrio Retís 92 

Los litógrafos 98 

Los pañuelos historiados 102 




ALGUNAS 

COLECCIONES DE ARCA 


BOLSILIBKOS 

Benedetti, Mario: El país de la cola de paja (6* ed.) 
Puppo, Julio C.: Crónicas de El Hachero 
Viana, Javier de: Con divisa blanca 

Suárez, Julio E.: Comentarios internacionales de El Pulga 
Benvenuto, Luis C.: Breve historia del Uruguay 
Assungao, Fernando O.: El mate 
Amorim, Enrique: Los mejores cuentos 
Onetti, Juan C.: Para una tumba sin nombre 
García, Serafín J.: Los mejores cuentos 
Fernández Saldaña, J. M.: Historias del viejo Montevideo 
(Toma I) 

Arenas, Domingo: “Don Pepe” Batlle 
Onetti, Juan C.: El pozo 

De la Torre, Rodríguez, Sala: Artigas: tierra y revolución 
Mónica: Ménica 

Vidart, Daniel: Caballos y jinetes 
Amorim, Enrique: Tangarupá 

Wettstein, Germán: Nuestra tierra. (1. El paisaje) 
Marmier, Xavier: Buenos Aires y Montevideo en 1850 
Puppo, Julio C.: Ese mundo del bajo 
Damocles: Mejor es meneallo 
Silva, Clara: Aviso a la población. 

NARRATIVA LATINOAMERICANA 

García Márquez, Gabriel: La hojarasca 
Carpentier, Alejo: El reino de este mundo 
Carpen tier, Alejo: Los pasos perdidos 
Arguedas, José M.: Amor mundo 
Brunet, Marta: Soledad de la sangre 
Garmendia. Salvador: Los pequeños seres. 

ENSAYO Y TESTIMONIO 
Arregui, Mario: Líber Falco 

Martínez Estrada, Etequiel: El hermano Quiroga 



Martínez Estrada, Ezeouiol: L» poesía afrocubana de Nicolás 
Quillón 

Guillot, Gervasio: Lia conversación de Garlos Reyles 
Zum Felde, A.: Da narrativa hispanoamericana 
Carpen tier, Alejo: Tientos y diferencias 

Jitzik, Noé: Horacio fjuirogi». una obra de experiencia y 
riesgo. 

NARRATIVA 

í puche, Rollna: Da vieja Pancha 

Ipuche, Rolina: Cuentos uruguayos 

Somera, Armonía: Do miedo en miedo 

Campodónico, Luis: Da estatua 

Silva Víla, M. J.: Felicidad y otras tristezas 

Onetti, Juan C.: Para esta noche (3* ed.) 

Onetti, Juan C.: Dos adioses (3* e<L) 

Hernández, Felisberto: Por los tiempos de C. Colling 

Hernández, Felisberto: Tierras de la memoria 

Acevedo Díaz, Eduardo: El combate de la tapera 

Figarl, Pedro: Cuentos 

Conteris, Hlber: Virginia en flashbaclc 

Hernández, Felisberto: Das hortensias 

Hernández, Felisberto: Nadie encendía las lámparas 

Fernández, Mario C.: Industria Nacional 

Bellán, José Pedro: El pecado do Alejandra Deonacd 

Galeano, Eduardo: Dos fantasmas del día del león 

Somera, Armonía: Todos los cuentos (1003- 1007) Í2 vols.) 

Sclavo, Jorge: U 11 lugar para Pifieiro 

Molina, Carlos D. : Dloverá siempre. 

Onetti. Jorge: Cualquier corsario y otras cositas. 

AQUI 

Fien años de raros 
U mitad del amor 
Montevideo, gentes y lugares 
Once cubanos cuentan 

DA SOCIEDAD URUGUAYA 

Rama, Germán: enseñanza de la Historia 

Rama, Germán: Grupos sociales y Enseñanza Secundaria 

Solari, Aldo: Estudios sobre sociedad uruguaya (2 vols.) . . 

Faraone, Roque: El Uruguay en que vivimos 

Grompone, Antonio: Da ideología de Batlle 

Dockhart, Washington: Da vida cotidiana en la Colonia 



Este volumen de la colección 
Bolsilibroa Afea, iue impreso 
en los Talleres Gráficos de 
A. Monteverde y Cía S. A. 
Treinta y Tres !475 ( Montevi- 
deo, en el mes de octubre 
de 1967. 

Comisión del Papel. Edición 
amparada en e! arí. 73 de !a 
ley 13.349. 



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